(Escrito originalmente el 16 de Junio de 2003)
Según mis recuerdos, el Día del Padre no era algo muy celebrado en San Miguel cuando éramos niños, sobre todo si lo comparamos con las fiestas del Día de la Madre, que se festejaba ampliamente, con fuerte apoyo de los maestros de la escuela primaria. Yo recuerdo que esto me parecía un tanto injusto, porque sentía que el mérito de los papás también era muy grande; sentía también que el no dar este reconocimiento de alguna forma daba por hecho que la gran mayoría de los papás eran bastante baquetones. A lo mejor lo que sucede es que no nos había llegado el asunto de la comercialización tan fuerte como es ahora.
Estaba leyendo hace poco que fue hasta 1966 cuando en Estados Unidos hubo una proclamación por parte del presidente Johnson, quien declaró oficialmente el tercer domingo de junio como el Día del Padre. Yo supongo que ese fue un factor que generó en México una mayor aceptación para celebrar esta fiesta y hacerlo precisamente ese día. De entrada me parecía un tanto injusto que para festejar al padre se haya pensado en una fecha movible, mientras que a las mamás siempre se les celebraría el 10 de mayo, pero después pude ver que esto tenía también sus ventajas.
Ni siquiera había muchas canciones, tristes o alegres, que hicieran alguna mención de los papás. A diferencia del día de las madres, en el que los tocadiscos del pueblo tocaban durante todo el día bastantes canciones con alusión directa al amor de madre.
Una de las canciones dedicadas a las mamás que más recuerdo decía en una parte “Oh Madre querida, Oh Madre adorada” y yo, que siempre he sido muy despistado para eso de entender la letra de las canciones, pensé que decía: “Comadre querida, Comadre adorada”. Porque aparte también era común que algunas comadres se felicitaran entre sí para ese día. Otra canción que también se escuchaba mucho en el tocadiscos del pueblo era una que cantaban los Dandys, que ya de por sí eran muy populares.
Años después surgió una canción sudamericana que creo se llama “Mi viejo” y que en una parte dice “Es un buen tipo mi viejo, que anda solo y esperando, tiene la tristeza larga, de tanto venir andando…”. Incluso la grabó Vicente Fernández algunos años después, pero la verdad es que la letra no me parecía muy cercana a la forma en que en México, y sobre todo en mi pueblo, podríamos hablarles o referirnos a los papás. Un tiempo después salió otra canción, creo que de Lorenzo de Monteclaro que habla de “ese señor de las canas, que en las buenas y en las malas siempre supo responder”. Siento que esa canción si se quedó más en el gusto de la gente, a pesar de que es muy triste, sobre todo en el verso que dice:
Por señas tiene ojos tristes,
herido su corazón,
es viejo y de pelo blanco,
su mirada puro amor.
Así que la fiesta en casa, ese día de los padres, tal vez consistiría simplemente en incorporar a la comida un refresco. Un refresco que varios de los hijos compraríamos, llevaríamos a la mesa y los pondríamos en el centro, con lo cual para nosotros ya daba una imagen de fiesta. Probablemente unas flores de tulipán o de laurel servirían para adornar las botellas y que se vieran más bonitas.
No recuerdo que hayamos podido regalarle algo a mi papá cuando yo era niño, ni siquiera una cajita de pañuelos, que realmente eran baratos. Sucede también que no había muchas cosas que en las tiendas del pueblo promocionaran para ese día, contrario a lo que sucedía para el Día de las Madres, aunque visto a la distancia uno se da cuenta de que lo que les regalábamos a las mamás eran en realidad cosas para la casa y no para ellas.
lunes, 21 de junio de 2010
domingo, 13 de junio de 2010
Los días "alegres"
(Escrito originalmente el 29 de Junio de 2003).
El mes de junio era muy especial en San Miguel, para mí tenía incluso mucho de mágico.
Con los primeros días del mes llegaban también las lluvias y el escenario pronto se transformaba. Las lluvias disipaban los calores de mayo y empezaban a teñir todo de verde. Era increíble ver como de un día para otro el pasto y las hierbas silvestres crecían y cubrían las orillas de los caminos. Hacia el medio día, el calor del sol vaporizaba el agua caída la noche anterior y se sentía en el ambiente el olor a tierra mojada, mezclado con olor de hierbas, de abono, y no se cuantas cosas más. Esto podía uno sentirlo en la nariz, pero se penetraba también en los pulmones y hasta en el estómago.
En el campo se empezaba a ver mucha gente trabajando en limpiar la milpa de yerba y más tarde también tirando abono.
Un motivo de fiestas en el mes de junio era sin duda la terminación de los años escolares. Esta fiesta era una de las más esperadas en el pueblo. En la época en la que yo salí de sexto, en 1967, ese era el nivel escolar al que podía aspirar la gran mayoría de la gente del pueblo, muy pocos podían pensar en irse a estudiar más arriba.
Pero sin duda lo que completaba el escenario de fiestas eran los “días alegres”; o sea las fiestas de San Antonio, el día 13; de San Juan el día 24 y de San Pedro y San Pablo el 29 de junio. De alguna manera se entendía que el 29 era el día más importante, aunque yo creo que había más gente que se festejaba el 24 de junio, porque hay más Juanes y Juanas que Pedros y Pablos.
La fiesta empezaba un día antes, cuando la música que había sido contratada por los encargados empezaba a caminar por las calles, al menos cerca de la plaza. Los cohetes de pólvora, pronto convocaban a la gente o al menos les recordaban que estábamos de fiesta. Para esto, ya los encargados estaban preparados y distribuían botellones con ponche; el de jamaica era probablemente el más conocido, pero había también de tamarindo, de guayaba, de membrillo y de otros sabores.
Así que había gente que empezaba a tomar ponche siguiendo a la música desde la víspera y continuaban tomando todo el día siguiente. El día de la fiesta había que ir a misa y empezar a escuchar ahí a los músicos que le llevaban mañanitas al santo festejado. De ahí, habría que seguir a la música por todo el pueblo; pues en cada casa que hubiera alguien que llevara el nombre del santo del día se tocaban las mañanitas y/o alguna canción del gusto del festejado y esto funcionaba no solamente para personas adultas, sino incluso para recién nacidos.
En recompensa por la música, el anfitrión debía regalar a los encargados un pollo o paloma de buen ver, adornado con tiras de papel de China. Los pollos recogidos eran colgados bocabajo de un hilo en un caballo y hacían el recorrido junto con la música durante todo el día, así que al llegar la tarde muchos de ellos ya no se veían muy fuertes.
La fiesta era para todo el mundo, de modo que si uno era suficientemente paciente, podía incluso conseguir un poco de riquísima comida en la casa donde los encargados habían previsto alimentar a los músicos.
Por la tarde, la gente se trasladaba al foro frente a la escuela (años después el escenario se cambiaría al kiosko de la plaza) donde se haría la ceremonia de “agarrar el cargo” de manera que se podría saber quienes serían los responsables de organizar la fiesta del siguiente año. Se colocaban unas mesas con una buena cantidad de “picones”, cigarros, botellas de ponche y de otro tipo de vino, como atractivo para quienes se decidieran asumir esta responsabilidad.
“Agarrar el cargo” era un símbolo de compromiso con la comunidad, además de que tenía otros significados. Por ejemplo, cuando un joven era aceptado como un nuevo encargado, de alguna forma indicaba que ya era reconocido por la comunidad como persona adulta, susceptible de cargar con responsabilidades. Para muchos sanmigueleños sin duda que “agarrar el cargo” al menos una vez en la vida era un motivo de orgullo y una manera de sentirse miembro del pueblo.
Cuando muy niño, recuerdo que lo común era que dos o tres personas agarraran el cargo, después el número tuvo que hacerse más grande, para estar en condiciones de compartir los gastos. La breve ceremonia en la que se anotaban en una libreta los nombres de los encargados era muy formal, de manera que era atestiguada por el comisario del pueblo. Fallar al compromiso de “pagar el cargo” era realmente una vergüenza por la que nadie hubiera querido pasar nunca.
En aquellos tiempos, después de agarrado el cargo la gente se trasladaba con todo y música a la “calle de abajo”, que no es otra más que la calle Hidalgo. Entre el tramo de la casa de Jesús Vega y de Juan Arana se realizaban carreras de caballos. Esta costumbre de las carreras desapareció cuando se realizaron las obras de empedrado por la mayoría de las calles del pueblo.
Muchos de los jinetes que participaban en las carreras de caballos se picaban y de ahí salían carreras arregladas para realizarse semanas después, una vez que los caballos estuvieran “en cuida” por un tiempo. Los premios en las carreras de “los días alegres” eran precisamente los pollos o palomos que habían sido recogidos en la mañana, pero sin duda esto era solamente un símbolo, y lo más importante era que los jinetes ganadores se llevaban una diana, junto con el aplauso y reconocimiento del público en general, especialmente de las muchachas.
Estos días eran fechas en que la gente haría un esfuerzo por estrenar algo, en al menos uno de los días. Mi mamá se preparaba con mucha anticipación para tener listo un estreno para mis hermanas; por mucho tiempo ese estreno tendría que salir de la vieja máquina de coser. De cualquier manera, muchas veces mis hermanas pudieron lucir vistosos vestidos (acordes con lo colorido de los días) y yo también pude estrenar al menos una camisa. El olor a ropa o zapatos nuevos se agregaba al ambiente y aportaba un ingrediente muy importante para la fiesta. No importaba que por la noche, al regreso a la casa, muchas veces la ropa y los zapatos estuvieran cubiertos de lodo, por alguna de las tormentas que no son extrañas en estos días.
El mes de junio era muy especial en San Miguel, para mí tenía incluso mucho de mágico.
Con los primeros días del mes llegaban también las lluvias y el escenario pronto se transformaba. Las lluvias disipaban los calores de mayo y empezaban a teñir todo de verde. Era increíble ver como de un día para otro el pasto y las hierbas silvestres crecían y cubrían las orillas de los caminos. Hacia el medio día, el calor del sol vaporizaba el agua caída la noche anterior y se sentía en el ambiente el olor a tierra mojada, mezclado con olor de hierbas, de abono, y no se cuantas cosas más. Esto podía uno sentirlo en la nariz, pero se penetraba también en los pulmones y hasta en el estómago.
En el campo se empezaba a ver mucha gente trabajando en limpiar la milpa de yerba y más tarde también tirando abono.
Un motivo de fiestas en el mes de junio era sin duda la terminación de los años escolares. Esta fiesta era una de las más esperadas en el pueblo. En la época en la que yo salí de sexto, en 1967, ese era el nivel escolar al que podía aspirar la gran mayoría de la gente del pueblo, muy pocos podían pensar en irse a estudiar más arriba.
Pero sin duda lo que completaba el escenario de fiestas eran los “días alegres”; o sea las fiestas de San Antonio, el día 13; de San Juan el día 24 y de San Pedro y San Pablo el 29 de junio. De alguna manera se entendía que el 29 era el día más importante, aunque yo creo que había más gente que se festejaba el 24 de junio, porque hay más Juanes y Juanas que Pedros y Pablos.
La fiesta empezaba un día antes, cuando la música que había sido contratada por los encargados empezaba a caminar por las calles, al menos cerca de la plaza. Los cohetes de pólvora, pronto convocaban a la gente o al menos les recordaban que estábamos de fiesta. Para esto, ya los encargados estaban preparados y distribuían botellones con ponche; el de jamaica era probablemente el más conocido, pero había también de tamarindo, de guayaba, de membrillo y de otros sabores.
Así que había gente que empezaba a tomar ponche siguiendo a la música desde la víspera y continuaban tomando todo el día siguiente. El día de la fiesta había que ir a misa y empezar a escuchar ahí a los músicos que le llevaban mañanitas al santo festejado. De ahí, habría que seguir a la música por todo el pueblo; pues en cada casa que hubiera alguien que llevara el nombre del santo del día se tocaban las mañanitas y/o alguna canción del gusto del festejado y esto funcionaba no solamente para personas adultas, sino incluso para recién nacidos.
En recompensa por la música, el anfitrión debía regalar a los encargados un pollo o paloma de buen ver, adornado con tiras de papel de China. Los pollos recogidos eran colgados bocabajo de un hilo en un caballo y hacían el recorrido junto con la música durante todo el día, así que al llegar la tarde muchos de ellos ya no se veían muy fuertes.
La fiesta era para todo el mundo, de modo que si uno era suficientemente paciente, podía incluso conseguir un poco de riquísima comida en la casa donde los encargados habían previsto alimentar a los músicos.
Por la tarde, la gente se trasladaba al foro frente a la escuela (años después el escenario se cambiaría al kiosko de la plaza) donde se haría la ceremonia de “agarrar el cargo” de manera que se podría saber quienes serían los responsables de organizar la fiesta del siguiente año. Se colocaban unas mesas con una buena cantidad de “picones”, cigarros, botellas de ponche y de otro tipo de vino, como atractivo para quienes se decidieran asumir esta responsabilidad.
“Agarrar el cargo” era un símbolo de compromiso con la comunidad, además de que tenía otros significados. Por ejemplo, cuando un joven era aceptado como un nuevo encargado, de alguna forma indicaba que ya era reconocido por la comunidad como persona adulta, susceptible de cargar con responsabilidades. Para muchos sanmigueleños sin duda que “agarrar el cargo” al menos una vez en la vida era un motivo de orgullo y una manera de sentirse miembro del pueblo.
Cuando muy niño, recuerdo que lo común era que dos o tres personas agarraran el cargo, después el número tuvo que hacerse más grande, para estar en condiciones de compartir los gastos. La breve ceremonia en la que se anotaban en una libreta los nombres de los encargados era muy formal, de manera que era atestiguada por el comisario del pueblo. Fallar al compromiso de “pagar el cargo” era realmente una vergüenza por la que nadie hubiera querido pasar nunca.
En aquellos tiempos, después de agarrado el cargo la gente se trasladaba con todo y música a la “calle de abajo”, que no es otra más que la calle Hidalgo. Entre el tramo de la casa de Jesús Vega y de Juan Arana se realizaban carreras de caballos. Esta costumbre de las carreras desapareció cuando se realizaron las obras de empedrado por la mayoría de las calles del pueblo.
Muchos de los jinetes que participaban en las carreras de caballos se picaban y de ahí salían carreras arregladas para realizarse semanas después, una vez que los caballos estuvieran “en cuida” por un tiempo. Los premios en las carreras de “los días alegres” eran precisamente los pollos o palomos que habían sido recogidos en la mañana, pero sin duda esto era solamente un símbolo, y lo más importante era que los jinetes ganadores se llevaban una diana, junto con el aplauso y reconocimiento del público en general, especialmente de las muchachas.
Estos días eran fechas en que la gente haría un esfuerzo por estrenar algo, en al menos uno de los días. Mi mamá se preparaba con mucha anticipación para tener listo un estreno para mis hermanas; por mucho tiempo ese estreno tendría que salir de la vieja máquina de coser. De cualquier manera, muchas veces mis hermanas pudieron lucir vistosos vestidos (acordes con lo colorido de los días) y yo también pude estrenar al menos una camisa. El olor a ropa o zapatos nuevos se agregaba al ambiente y aportaba un ingrediente muy importante para la fiesta. No importaba que por la noche, al regreso a la casa, muchas veces la ropa y los zapatos estuvieran cubiertos de lodo, por alguna de las tormentas que no son extrañas en estos días.
domingo, 23 de mayo de 2010
Guajes, guamúchiles y guayabas



Escrito originalmente el 13 de septiembre de 2008
Curiosamente los nombres de estas tres frutas comienzan con las mismas letras y las tres formaban parte importante de la dieta y hasta del paisaje de mi pueblo, aunque me imagino que todavía sigue siendo lo mismo. En realidad esto no era exclusivo de San Miguel, pues se podía decir lo mismo de otros pueblos de la región, pero yo creo que sí llegó a constituirse en parte de nuestra identidad.
Recuerdo que cuando había pleito con muchachos de pueblos cercanos –lo cual era muy frecuente porque muchos de ellos iban a estudiar a nuestra escuela primaria- no faltaba a quien se le ocurriera decir que los de San Miguel éramos indios guajeros, guamuchileros o guayaberos (nopaleros era otro adjetivo). Por supuesto que nos enojábamos, pues de antemano sabíamos que lo decían con plan de ofender. Lo de “indio” no creo que nos molestara mucho, más bien lo otro.
De las tres frutas, creo que las guayabas no se daban tanto como para que mereciéramos esa fama. Había y tal vez todavía hay, algunos arbolitos en el rancho, en la granja del Jaral, en algunas huertas de por el rumbo de El Tanque y en muchas casas, pero no creo que fueran tantas.
Los árboles de guamúchil son más bien silvestres y de esos sí hay muchos por todos lados, claro con excepción de los potreros, en donde solamente hay tierras de cultivo, ni tampoco en las partes altas del cerro, donde más bien hay árboles de palodulce, encinos y pinos. Igual pasa con los árboles de guajes, nacen solos por todas partes.
Los guajes dan fruto en los primeros meses del año; en enero, febrero y hasta en los primeros días de marzo. Son unas vainas con pequeñas semillas que están más sabrosas cuando están tiernitas. Existen vainas de color verde, como las de la foto de abajo, aunque las que se dan más en mi pueblo son de color rojo.
Mucha gente se comía las semillas en tacos, solamente con un poco de sal. También era común comérselos esparciendo las semillas sobre el plato de frijoles, ya fueran de la olla o fritos, o en algún otro platillo, por ejemplo unos huevos estrellados. Pero lo más común y sabroso era preparar una salsa machacando las semillas y agregándoles jitomate y chile. Esta salsa, como todas las demás sabría mucho mejor si se preparaba en un molcajete, de donde se tomaría directamente para comerse en forma de taco, sobre frijoles, huevos fritos y otros alimentos.
Los guajes son bastante sabrosos, lo malo es que tienen un olor muy fuerte y no se recomienda comerlos si más tarde se tiene algún compromiso en el cual hay que acercarse mucho a otras personas; obviamente, si esa noche se tiene pensado ir a ver la novia, mejor es evitar incluirlos en la comida. Lavarse los dientes y masticarse unos chicles de menta o hierbabuena no son antídotos suficientes contra este tremendo olor. Es tan fuerte este olor, que se dice que los parásitos intestinales salen disparados cuando niños o adultos consumen guajes en ayunas. Ya mejor ni digo lo que sucedía cuando a alguien se le escapa un gas en algún lugar público, después de haber comido bastantes guajes.
El árbol de los guajes tiene ramas muy quebradizas, (“vidriosas” decían en mi pueblo) por tanto uno no se trepaba a los árboles, o sólo a las primeras ramas y los guajes se cortaban con apoyo de un gancho. Los buenos ganchos eran de palos de otate; también había de carrizo, pero se quebraban en cualquier momento.
Cuando de niños íbamos a nadar al tanque, a veces nos llevábamos un kilo de tortillas y un poco de sal. Después de nadar un rato, para recuperar energías, buscábamos guajes y hacíamos tacos, los cuales nos sabían deliciosos. También descubrimos que los retoños del árbol tenían un sabor parecido, así que comíamos tacos de retoños.
Los guamúchiles son también una vaina. Estos se dan desde abril, mayo y los primeros días de junio. Lo más común es que las lluvias se consoliden después de la segunda semana de junio y eso hace que los guamúchiles que aún están en el árbol se empiecen a pudrir y son también mordizqueados por los mayates.
Los guamúchiles no son para acompañar la comida, sino más bien para comerse solos. Cuando llegaba la temporada, algunas familias se salían por las tardes a los corrales, cargando un gancho y un balde. Esta era una forma digamos civilizada de cortar y comer guamúchiles, porque algunos de nosotros lo que hacíamos era tratar de tumbar a pedradas los mejores frutos. Regularmente lo lográbamos, pero después de cansar el brazo y al precio de tumbar muchas frutas aún verdes. Otra forma que seguíamos era treparnos hasta las partes más altas, con la única limitante de que la rama que pisábamos soportara nuestro peso. Estando lo más cerca de las frutas las cortábamos con las manos o a veces sacudíamos fuertemente la rama, para que cayeran los frutos. Ya he platicado que en esos tiempos no nos preocupábamos mucho por la higiene, así que caían las frutas en el suelo y nosotros solamente les sacudíamos un poco el polvo antes de hincarles el diente.
En el pueblo teníamos identificados cuáles eran los árboles de guamúchil que más pronto empezaban a dar fruto; también los que eran más dulces y jugosos. Había otros que además de sabrosos daban frutos con colores muy intensos. Solamente había que cuidarse de los árboles que daban frutos “hogones”; en su tiempo yo no sabía de dónde había salido esa palabra, pero entendí después que se refería a que uno sentía que estos frutos se le quedaban atorados en la garganta, porque eran muy resecos.
Siempre he pensado que se debería de encontrar algunas formas de preservar los guajes y los guamúchiles, o prepararlos de alguna manera que fuera posible consumirlos durante todo el año, y no solamente en las pocas semanas que los árboles están “dando”, como decíamos en el pueblo.
Esto último sí se ha hecho con la guayaba, cuyo fruto por cierto creo que es más posible conseguirla a lo largo del año. Con este fruto se fabrican jaleas, dulces y hasta preparados con alcohol. Uno de los ponches que más me gustaban en los “días alegres” o en diciembre era precisamente el de guayaba.
En mi pueblo nos comíamos las guayabas mas bien cuando estaban sazonas, pero todavía no maduras, porque había muchas posibilidades de que luego se le desarrollara alguna plaga y le salieran gusanillos. Ya maduras, se buscaba evitar las partes podridas para comerse lo demás. Cuando había mucha guayaba, se caían de los árboles y se podían recoger para luego partir y cocer con un poco de azúcar, a esto le llamábamos “guayabate”.
Las guayabas se pueden comer solas, para mitigar el hambre; también acompañan las comidas, como puede ser en forma de una rica agua fresca; las maduras nos sabían también muy sabrosas con leche; había incluso algunos remedios para el estómago o la gripe que se preparaban con base en hojas o frutas del guayabo. Una ventaja adicional es que este fruto no huele mal, como los dos anteriores; todo lo contrario. Yo con frecuencia masticaba hojas tiernas de este árbol para disimular otros sabores y olores, o simplemente porque me gustaba el sabor.
lunes, 17 de mayo de 2010
El humilde birote

Escrito originalmente el 30 de octubre de 2009.
Tenía desde hace tiempo interés en consultar el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua para confirmar si la palabra “birote” está reconocida, aunque sea como un americanismo, pero, como lo imaginaba, solamente se reconoce una palabra “virote” que no tiene nada que ver.
Investigando un poco más uno se da cuenta de que la palabra “birote” se usa básicamente en el estado de Jalisco. Yo tenía también la hipótesis de que podría derivarse de una palabra en francés, pues algunas gentes les llaman “pan francés”, como queriéndose dar mucho paquete. Busqué en un diccionario de francés la palabra “bigot”, pero el significado no tiene nada que ver con el pan. Sigo pensando que la palabra puede venir del francés, pero habrá que seguir investigando la posible raíz.
Yo anoté en el título de esta narración que el birote es un pan humilde, por que al menos la mayoría de mis contemporáneos lo despreciábamos en la infancia y preferíamos el pan dulce. Sin embargo, con el paso del tiempo hemos reconocido la importancia que este pan tuvo siempre en nuestra alimentación. Además de que cuando sale uno de Jalisco una de las cosas que más se extrañan es la consistencia y el sabor del birote de nuestra tierra.
Cuando estábamos niños el birote era un pan cuadrado, que se dividía en 4 partes, aunque muchas veces nosotros los dividíamos en dos, para que quedara una torta (así le llamábamos, aunque en otras partes del mundo una “torta” es un pastel) de buen tamaño. En Guadalajara vendían unos birototes de hasta un metro de altura, muy doraditos y ricos, estos eran de una sola pieza. Alrededor de la Central de Autobuses vieja había varios puestos, así que una buena forma de terminar un viaje a la capital del estado era comprarse al menos uno y llegar con él a la casa. Muchas veces había que compartir al menos un pedazo con los hermanos, así que a veces nos tocaba un pedacito que disfrutábamos con frijoles o simplemente con leche.
Los birotes de Guadalajara eran más o menos como el de la foto de abajo y los envolvían en papel de estraza y amarraban con hilo blanco, para facilitar la cargada.
Después sacaron otra forma de pan blanco que llamaban bolillos, que eran como los birotes de Guadalajara, pero más pequeños, aunque igual de tostaditos. Por cierto que la palabra “bolillo” si está reconocida en el Diccionario de la Real Academia Española, como un regionalismo de México y El Salvador para llamar a una variedad de pan blanco.
Esto de lo tostadito era importante, porque le daba al pan más resistencia, para que no se ablandara rápidamente con la comida. Yo recuerdo que a mi me gustaba remojarlos en el vaso de leche y la parte del extremo aún después de remojarla un ratito seguía estando crujiente.
Había muchas cosas que le podía uno poner a los birotes y bolillos y ya con eso quedaba una comida rica: frijoles, huevos estrellados, crema, queso y hasta algún tipo de guisado. Aunque hasta sin comida eran suficientes para espantar el hambre y dar energía, recuerdo un paisano, que en aquel tiempo estaba joven, que después de trabajar muy duro iba a la tienda y se comía “dos bidotes y una dudú”. Los refrescos “Lulú” se vendían en unas botellas muy amplias y redondas, o sea que contenían bastante líquido. También a veces la gente le pedían la tendero que les pusiera unas cucharadas de vinagre de chile jalapeño y ya con eso se atoraban menos.
Yo recuerdo con mucho cariño la época en que servían desayunos escolares en la primaria de mi pueblo. Llegaba mi tío Federico Flores y en una cántara de leche preparaba un choco milk a partir de un polvo que casi siempre fue de sabor chocolate, aunque también un tiempo lo sirvieron de fresa. Tengo idea de que el programa de desayunos escolares fue idea del Presidente López Mateos y luego fue continuada por Gustavo Díaz Ordaz. Le daban a uno un bolillo y luego un pocillo con choco milk. Eran bastantes calorías, demasiadas, según se han hecho estudios posteriormente, yo recuerdo que hasta me caía de peso y a veces me daba un sueño que me costaba mucho trabajo superar.
Con estos bolillos se pueden preparar las tortas ahogadas, que es un platillo típico de Guadalajara. Estas tortas llevan una embarrada de frijoles fritos, se rellenan de carnitas de cerdo cortadas en pedazos muy pequeños y luego se les pone un montón de salsa. De hecho, casi siempre son dos salsas diferentes, una de puro jitomate y otra tan picante, que es famosa por ayudar a sudar las crudas. De igual forma, la capirotada que comíamos en nuestro pueblo tenía una consistencia más firme y doradita, gracias a este pan.
Posteriormente llegaron las “teleras”, yo creo que como una influencia de la ciudad de México y otros estados del centro del país. Las teleras son más redondas y al parecer se acoplan mejor para preparar tortas, aunque a mí no me agradan igual, sobre todo porque no tienen la misma consistencia tostadita.
Existían algunas historias acerca de qué es lo que le da el sabor rico al birote y al bolillo, a pesar de que sus ingredientes y forma de preparar son muy simples. Había quienes decían que el sabor tenía que ver con el amasado de la harina que incluía que el panadero se secara el sudor de las axilas y del pecho con la bola de masa. Por supuesto que yo no creo eso, pues nunca me salió un vello en el pan.
También se tiene la idea de que sería difícil fabricar pan bolillo en otro lugar que no sea Jalisco, porque se conjugan factores de humedad, altura sobre el nivel del mar, Etc. Esto me parece más digno de crédito, pero creo que valdría la pena averiguarlo.
sábado, 17 de abril de 2010
San Miguel Arcángel

San Miguel Arcángel es el patrono de nuestro pueblo desde algún momento del Siglo XVI.
En este texto la idea es presentar algunos datos generales de nuestro patrono, que espero no sean demasiado conocidos. Pero si así lo fueran, pienso que no está por demás recordarlos permanentemente.
De niño, me emocionaba bastante escuchando la forma en que el Padre Reynaldo Flores hablaba de la rebelión que hubo en tiempos inmemoriales en el Cielo, cuando Luzbel, uno de los arcángeles más bellos y preferidos de Dios, invadido por la soberbia, quiso en algún momento destronarlo, al frente de un ejército de ángeles seguidores.
Luzbel trató de convencer a San Miguel de unirse a él, pero nuestro patrono se mantuvo leal al Creador y con su ejército venció al de Luzbel.
Al escuchar este relato mi mente trataba de formarse una imagen de cómo se dieron los hechos: los escenarios, las posibles armas, la forma en que estaban vestidos los ángeles, Dios, Etc. Algo que me costaba trabajo entender era cómo los ángeles podrían cometer el pecado de la ira, pues uno supone que para pelear hay que estar enojado.
Todos los domingos, al final de la misa, el padre recorría el templo para recoger la limosna en una especie de cenicero grande, al mismo tiempo que recitaba una oración dedicada a San Miguel:
San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha.
Sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio.
Que Dios manifieste sobre él su poder, es nuestra humilde súplica.
Y tú, oh Príncipe de la Milicia Celestial, con el poder que Dios te ha conferido, arroja al infierno a Satanás, y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén.
Los siguientes datos sobre San Miguel están tomados de una Enciclopedia Católica disponible en: http://ec.aciprensa.com/a/arcamiguel.htm
(Hebreo “¿Quién es como Dios?”)
San Miguel es uno de los principales ángeles; su nombre era el grito de guerra de los ángeles buenos en la batalla emprendida en el cielo en contra del enemigo y sus seguidores. Su nombre se encuentra cuatro veces en la Escritura:
Daniel 10, 13 ss., Gabriel le dice a Daniel, cuando éste le pide a Dios que permita a los judíos volver a Jerusalén: “El príncipe del reino de Persia me ha hecho resistencia durante veintiún días, pero Miguel, uno de los Primeros Príncipes, ha venido en mi ayuda”;
Daniel 12, 1 el Ángel hablando del fin del mundo y del Anticristo dice: “En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran Príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo.”
En la Epístola Católica de San Judas 1, 9: “En cambio el arcángel Miguel, cuando altercaba con el diablo disputándose el cuerpo de Moisés, no se atrevió a pronunciar contra él juicio injurioso, sino que dijo: «Que te castigue el Señor».” San Judas alude a la antigua tradición judía de una disputa entre San Miguel y Satán sobre el cuerpo de Moisés, lo cual también se puede encontrar en el libro apócrifo de la asunción de Moisés (Origen, "De principiis", III, 2, 2). San Miguel concilió la tumba de Moisés; sin embargo Satanás al destaparla, trató de seducir al pueblo judío al pecado de la adoración heroica. San Miguel también resguarda el cuerpo de Eva, de acuerdo a la “Revelación de Moisés” (“Evangelios Apócrifos”, etc., ed. A. Walker, Edinburgh, p.647).
Apocalipsis 12, 7, “Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón.” San Juan habla del gran conflicto al final de los tiempos, que refleja también la batalla en el cielo al principio de los tiempos. De acuerdo a los Padres existe frecuentemente controversia de San Miguel en la Escritura donde no se menciona su nombre. Dicen que era el querubín que estuvo en la puerta del paraíso, “para guardar el camino del árbol de la vida” (Gen 3, 24), el ángel a través de quien Dios publicó el Decálogo para su pueblo escogido, el ángel que se puso en el camino para estorbarle a Balaam (Números 22, 22 ss.), el ángel que hirió al ejército de Senaquerib (II Rey 19, 35).
Según estos pasajes de la Escritura, la tradición cristiana le da a San Miguel cuatro oficios:
1. Pelear en contra de Satanás.
2. Rescatar a las almas de los fieles del poder del enemigo, especialmente a la hora de la muerte.
3. Ser el defensor del pueblo de Dios, los judíos en la Antigua Ley y los cristianos en el Nuevo Testamento, por tanto es patrono de la Iglesia y de las órdenes de caballeros durante la Edad Media.
4. Llamar de la tierra y traer las almas de los hombres a juicio.
sábado, 3 de abril de 2010
Día de Judas

El día de Judas
Escrito originalmente el 20 de Marzo de 2008 (Jueves Santo)
Yo no sé si esta costumbre también existía en otros lugares de México, pero hasta ahora sólo he sabido que esto se realizara en mi pueblo. Me refiero a todo lo que acompañaba la celebración de “la quema de Judas”; sé que en muchas partes se realiza esta quema, pero no creo que el dinero para comprarlo surja de donde se sacaba en San Miguel. El dinero se recaudaba a partir de una “cooperación” por parte de gente de todo el pueblo, al dar una, podríamos llamar recompensa, para recuperar un bien que había sido sustraído de su casa la noche del Sábado de Gloria.
Esta era una tarea que se empezaba a organizar días antes. Un grupo de muchachos –y algunos no tanto- empezaban a correr la voz en forma muy clandestina de que “iba a haber Judas”. También se mencionaba en casa de quién iba a instalarse el cuartel general. Era importante mantener esto en el mayor secreto posible, para que de esa manera la gente estuviera más confiada y fuera más fácil robar. A quienes sí se les tenía que informar debidamente era a las autoridades, o sea al comisario, quien regularmente daba las facilidades necesarias para que se realizara el evento.
Ya entrada la noche del sábado, los voluntarios empezaban a reunirse en el cuartel general, que tenía que ser una casa con bastante espacio para que cupiera la gente y para guardar las cosas hurtadas, cosa que no era difícil encontrar entre las casas viejas del pueblo.
Era necesario poner a funcionar una logística bastante detallada: Se dividía el pueblo en sectores y a cada uno se le asignaba un equipo de personas. En el cuartel general se quedaba al menos un coordinador, alguien que se iba a encargar de llevar el inventario de los bienes recogidos y otro más que haría, con el apoyo de los demás, un trabajo de mucha calidad: la elaboración del testamento de Judas. Había que prever también poner una buena olla de café y tener galletas disponibles, aunque fueran “Rancheras” o de “animalito”. Creo que mi Tío Rosendo llegó a participar en la elaboración de este testamento, e incluso mi papá, pero creo que a quien a mí me tocó ver fue a Chilo Ramírez.
El testamento era una relación de los artículos que supuestamente Judas dejaba en herencia a sus verdaderos dueños, pero era elaborado en versos. Estos versos tenían que resultar graciosos para quien los escuchara, sin llegar a ser ofensivos, aunque en la realidad casi nunca eran del agrado del aludido. Los versos eran muy sencillos, regularmente de cuatro líneas solamente. En la práctica, hubo ocasiones en que los versos no resultaron tan inofensivos como debieran, recuerdo uno que le dedicaron a una señora del pueblo, de no muy buena reputación, a quien la noche anterior le recogieron una cubeta. El verso que le dedicaron, que no recuerdo exactamente cómo decía, hacía rima entre cubeta y la palabra “horqueta”, usada para referirse a la entrepierna.
A mi me tocó participar en un par de ocasiones y sí lo recuerdo como algo muy excitante, sobre todo la primera vez. Para los chavos de mi edad el que se le permitiera a uno participar en esta actividad implicaba en cierta forma el ser visto y reconocido como un adulto.
Ya cuando los equipos salían a las calles, a cumplir con su misión, iban muy motivados a tratar de distinguirse de los demás equipos en cuanto a poder robar más cosas y que éstas fueran más difíciles de obtener. Entre los primeros artículos que se buscaba sustraer era una escalera, un carretón o al menos una carretilla y un gancho, los cuáles serían utilizados a lo largo de la noche. Lo del gancho se refiere a un alambrón doblado y atado a una vara larga, con el que era posible tomar algunas cosas de los patios de las casas sin ni siquiera meterse a ellas, como pudiera ser alguna prenda de ropa, una cubeta o cosas parecidas. Esto se facilitaba porque nuestro pueblo era pequeño y había tanta convivencia que prácticamente todos sabíamos cómo era por dentro la casa de los demás e incluso cuáles eran sus principales pertenencias.
Pero el asunto no era sencillo, porque había que esperar las horas más pesadas para el sueño. La gente esa noche trataba de no dejar nada a la intemperie, mucho menos alguna prenda muy íntima que luego pudiera se exhibida al día siguiente. Estaban también los perros, que siempre han abundado en el pueblo y que fácilmente arman un escándalo suficiente para despertar a los dueños de la casa y otros vecinos. También eran conocidos los casos de algunos vecinos que tomaban como una verdadera afrenta el que se llevaran algo de su casa y trataban de estar toda la noche en vela, preparados para repeler como fuera necesario a los osados ladrones. En contrapartida, para algunos ladrones lo más interesante de la noche sería encontrar la forma de birlarles algo a estos vecinos orgullosos. Habría un reconocimiento social para los ladrones, en la medida en que la pieza robada fuera más difícil de sustraer; por ejemplo, algo que fuera tan cercano a la persona robada que prácticamente la tuviera siempre cerca, como pudiera ser un sombrero o un bastón.
Otro riesgo importante era que algunas gentes despistadas no supieran de qué se trataba el asunto y efectivamente pensaran que estaban tratando de robarlos, con el riesgo de que sacaran la escopeta y empezaran a hacer disparos. Esto era más posible con la gente fuereña que acababa de llegar al pueblo. De hecho a mi me tocó ver algo así, pues en una casa arriba de la carretera, mientras yo estaba afuera esperando a mis compañeros, salió un par de damas en pijama (cosa que era muy raro en el pueblo) y se rieron mucho cuando les expliqué el porqué andábamos a esa hora de la noche en su barrio. Aparentemente no sabían de esa tradición.
Mi papá siempre tuvo el sueño muy ligero y en esas noches mejor se preparaba él mismo para entregarles algo a los ladrones y no esperar a ser robado. Tengo idea de que solamente en una ocasión tuvimos que recoger una cubeta o algo que se habían llevado la noche anterior sin que él se diera cuenta.
En el folklore del pueblo se contaban historias de gentes que habían retado a los ladrones y que finalmente habían resultado burlados. Mi papá conocía algunas de estas historias y en algunas de ellas aparecían los poderes que tenían mi abuelo y otras gentes del pueblo, quienes podían hacerse invisibles y meterse prácticamente hasta la cocina o la recámara de las víctimas y robarles lo que se les antojara.
No recuerdo los detalles de qué fue lo que yo hice en esas dos noches que participé robando cosas. Seguramente apoyé acarreando algunos objetos, echando “aguas” y tal vez sustrayendo algunas cosas sencillas. En la primera ocasión recuerdo que iba con nosotros un muchacho que a mí me parecía que tomaba demasiadas precauciones: se acercaba con tanto sigilo a las casas que yo consideraba que se desperdiciaba mucho tiempo y era desesperante estar a la expectativa de su regreso y de ver si efectivamente había conseguido algo.
El domingo de resurrección, después de la salida de misa, la gente encontraba una exhibición de los artículos robados y cada quien iba identificando sus pertenencias; sin embargo, debían esperar a que se leyera el testamento de Judas. Con ayuda de un micrófono, o a grito limpio, alguien leería cada uno de los versos, mientras que otro mostraba el artículo en cuestión. Entonces el dueño pasaba a recogerlo y a entregar su colaboración, que supongo era voluntaria. Con ese dinero, los organizadores se irían luego a Poncitlán o algún otro lugar a comprar el Judas de pólvora.
En algunas ocasiones también se organizaba una especie de desfile, donde arriba de un burro se colocaba al Judas de cartón o alguien que lo representaba; mientras que atrás, vestida de negro, iba su viuda, acompañada de algunos de los participantes en los robos de la noche anterior o cualquier curioso que se le antojara. En una ocasión Jorge mi primo representó a la viuda, y lo hizo muy bien, llorando a gritos y de vez en cuando hasta cayéndose y levantando las piernas al zafarse de quienes iban tratando de consolarla.
La quema del Judas se realizaba el domingo por la tarde y al monigote de cartón, cubierto de cohetes y “buscapies” de pólvora lo colgaban de una rama del zalate que está frente a lo que fue la escuela primaria. Entre más dinero se reunía, el Judas estaría más cargado de pólvora y tardaría más tiempo en quemarse.
Después he escuchado explicaciones acerca de lo que simbolizaba la quema de Judas. Para algunos representa combatir y destruir el mal; para mí, inconscientemente tal vez, representaba dar el fin a un período de bastantes abstinencias, como era la Cuaresma.
La costumbre no duró mucho tiempo después de que yo participé. Supongo que la práctica debió suspenderse porque finalmente era algo ilegal y riesgoso y por tanto dejó de recibir el apoyo de las autoridades. Probablemente después se siguieron quemando algunos Judas, pero ya no como parte de una tradición más amplia como la que nos tocó presenciar en nuestra niñez.
martes, 30 de marzo de 2010
Algunos datos históricos del municipio de Poncitlán
Algunos datos históricos sobre el municipio de Poncitlán.
Tomados textualmente de: Botello Aceves, Brigida del Carmen, Magdalena Heredia Mendoza y Raquel Moreno Pérez. (1987). Memoria del municipio en Jalisco. Guadalajara: Unidad Editorial, 572 p. + anexos.
Poncitlán significa: lugar de cilacayotes, junto a los chilares de la ribera, lugar del dios Ponze.
Poncitlán fue fundada por una tribu nahuatlaca que procedía de Aztlán, por los años de 1166 a 1170, a la llegada de los españoles sus habitantes eran de origen coca, y estaban gobernados por el cacique Ponzehui, Ponzetlán.
La conquista de este lugar fue obra de Pedro Almíndez Chirinos, por encomienda de Nuño de Guzmán, en febrero de 1530. El cacique recibió en el bautismo el nombre de Pedro y se le dio el apellido Ponce a semejanza del vocablo Pontzitlán. Antes de la llegada de los españoles, también vivió en Poncitlán el cacique Chapalac que por desavenencia con Ponce salió de este pueblo en 1510 y se llevó tras de sí una muchedumbre de familias que después de peregringar por varios pueblos se establecieron definitivamente en el actual Chapala.
En 1530 fue herido en Cuitzeo Cristobal de Oñate al acudir en auxilio de Nuño de Guzmán quien estuvo a punto de perecer en un combate entre sus fuerzas y los aborígenes.
En 1817 San Sebastián Santulapan fue pasto de las llamas en represalia contra los aborígenes, ya que se habían levantado en armas contra Fernando VII.
La llamada Guerra de los Camichines se verificó en 1858. Sucede que Miramón, al ser derrotado por las fuerzas liberales, arribó por este sitio y derribó casas y troncos de camichines para construir el puente que le permitió huir a través del [río] Santiago.
En 1825 tenía ayuntamiento; de 1825 hasta 1878 perteneció al 3er. Cantón de La Barca, de 1878 hasta 1991 al 1er. Cantón de Guadalajara y desde esa fecha de nuevo al 3ero.
Fue erigido en municipio por decreto del día 27 de mayo de 1886, ese mismo año, el 5 de octubre, fue suprimido. El 21 de febrero de 1888 se erigió por segunda vez en municipio por decreto número 277.
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