viernes, 22 de abril de 2011

La nieve raspada de mi Tía Andrea






Escrito originalmente el 16 de abril del 2006

Siempre que empieza a hacer calor me acuerdo de que en San Miguel se ponían por éstas épocas del año a vender raspados de nieve. Nosotros simplemente la conocíamos como “nieve”. Tiene una apariencia parecida a la de la imagen, aunque en aquel tiempo no se conocían en el pueblo los vasos y cucharas de plástico.

No había mucha gente que vendiera. En el centro me acuerdo que a veces lo hacía Juan Torres, que vendía en conitos de papel. Pero sin duda la más famosa, como ya lo dije en otra ocasión, era la nieve de mi tía Andrea Rivera, en su casa de dos pisos, casi enfrente de la casa de Manuel Flores.

Mi tía Andrea era una mujer muy chaparrita y ya en ese tiempo que yo era niño tenía su pelo completamente blanco; como mucha gente de la época, usaba el pelo largo y atado con dos trenzas. Otra cosa que recuerdo de ella es que tenía el dedo de en medio de una de sus manos –creo que la derecha- más chiquito que los demás, como si no le hubiera crecido; recuerdo haber escuchado que ella decía que se le había quedado así por que un día le pico un pinacate, aunque que yo sepa esos animalitos no pican.

El local donde mi tía vendía la nieve tenía una ventana al frente y había gente que disfrutaba su vaso de nieve recargándose en la bardita, que era bastante amplia y tenía una tabla de madera. También había quienes se sentaban en orilla de la banqueta, que era una de las pocas encementadas en el pueblo. Otras gentes se pasaban al interior, donde estaba una mesa con capacidad para unas ocho personas, sentadas en dos bancas.

Ahora que ha pasado el tiempo, pienso que en gran parte el secreto del sabor de la nieve tenía mucho que ver con la cantidad de azúcar que mi tía le ponía al almíbar, pero era difícil saber de qué sabor era la más rica. Las de jamaica y tamarindo yo creo que eran las más populares, pero también había de piña, de limón y recuerdo que a veces hacía de arrayán. Sin duda la que a mí me parecía más rica era la de leche; era una verdadera delicia, o a lo mejor así nos parecía porque muy raramente la probábamos, pues costaba el doble que las otras. No estoy seguro de los precios, pero tengo idea de que los vasos de nieve costaban como 40 centavos si eran de frutas y 80 centavos si eran de leche, aunque también había vasos chicos. Por supuesto que este era un lujo que no podíamos darnos todos los días y ya nos dábamos de santos si podíamos ir a tomarnos un vaso el sábado o domingo.

Por mucho tiempo yo no supe a que se debía que supiera tan sabrosa la nieve de leche, hasta que conocí los frasquitos de vainilla. Cuando tuvimos un poco más de “modito” –como decía mi papá- compramos un cepillo y de vez en cuando comprábamos un cuarto de barra de hielo para hacer nieve raspada en la casa, pero definitivamente nunca nos supo igual.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Los tesoros enterrados






Los tesoros enterrados
(Escrito originalmente el 13 de Abril de 2008)

Las historias y leyendas sobre tesoros eran parte importante de la imaginaria del pueblo; muy ligadas a historias de lugares encantados y sitios donde espantaba. En las reuniones para contar cuentos, adivinanzas y chistes, bajo las noches estrelladas o de luna llena, era frecuente que en algún momento alguien hablara de aparecidos, de lugares donde se veían llamas, se escuchaba el arrastre de cadenas o de otros temas relacionados con tesoros.

Yo he pensado que esa imaginación de alguna manera se relaciona con la pobreza de la gente, que necesitaba ilusionarse sobre la posibilidad de que existiera alguna forma de salir de pobre algún día.

La explicación sobre la existencia de tesoros escondidos tenía bastante lógica. En los disturbios que por mucho tiempo se dieron en el país, durante la Revolución y la Cristiada, mucha gente trataba de guardar su dinero de la forma más segura que conocían y ésta era enterrándolo. Por otra parte, en aquel tiempo no había bancos cercanos, me imagino que solamente en Guadalajara, además de que la gente les agarró confianza hasta que pasaron muchos años.

Yo nunca ví un tesoro de los que pudieron haberse enterrado y luego descubierto en el pueblo; pero me llamaba la atención de que la gente siempre hablaba de ollas o cántaros con dinero. Yo me preguntaba porque no los ponían en cofres metálicos o de madera. En cuanto al contenido, supongo que lo que se guardaba eran monedas de oro, algunos de ellos centenarios, o ya de perdida de plata; no tendría mucho caso guardar monedas o billetes de cuño corriente.

De la gente a la que de pronto le empezaba a ir bien, se sospechaba que se había encontrado una olla de dinero. No sé si esto efectivamente sucedió en alguna ocasión, pero me consta de personas y familias que de un día para otro cambiaban drásticamente su forma de vivir.
Comentaba que el tema de los aparecidos estaba muy ligado con el de los tesoros. La gente pensaba que una de las principales razones por las que un difunto trataba de comunicarse con los todavía vivos era para hablarles de algún tesoro que había dejado oculto. Por eso era importante que la gente se sobrepusiera al natural temor de ver un aparecido y de ser posible se animara a preguntarle si tenía algún mensaje en ese sentido.

También existía una relación con lugares donde por la noche se veían resplandores o llamaradas. Si alguien veía “arder” en algún lugar, era muy posible que ahí hubiera un tesoro enterrado. En alguna ocasión leí, hace mucho tiempo, que efectivamente era posible que por reacciones de diferentes compuestos químicos se pudieran ver esos resplandores, pero no necesariamente se relacionaba con tesoros.

Había muchas historias de lugares, en San Miguel o en otras ciudades, donde había espantos resguardando tesoros y al mismo tiempo buscando a quién entregárselos. Gente que durante su vida no se había portado muy bien, ofrecía un tesoro a cambio por ejemplo de que alguien se animara a rezar un rosario junto con ellos, lo que les ayudaría a salvar su alma; otros espíritus sólo pedirían que se les dijeran algunas misas con parte del dinero enterrado, pero aquí lo difícil era que alguien tuviera la valentía de quedarse para escucharlos y no saliera despavorido en cuanto vieran al pobre fantasma. Se contaban historias de que algunas gentes a las que les había ido bien en este aspecto era porque andaban tan borrachos, que ni siquiera se dieron cuenta de que estaban platicando con un difunto.

En algunos casos el asunto no era tan traumatizante, pues los aparecidos ni siquiera harían el intento de hablar con alguien, solamente se aparecerían, caminarían unos pasos y desaparecerían de nuevo. Ahí de lo que se trataba era de fijarse bien en que lugar exactamente habían desaparecido, pues muy probablemente la intención del difunto era mostrar donde había enterrado un tesoro.

Cuando se iba a escarbar a algún lugar donde se sospechara que había algún tesoro, había que ir provisto de herramienta y regularmente acompañado, para proveerse de valor. Otro elemento muy importante era de que había que ir con el pecho lo más sano posible, sin ambiciones ni envidias. Se contaban muchas historias de buscadores de tesoros que no encontraban nada porque alguno de los participantes se dejó llevar por estos malos sentimientos; o bien, en algunos casos encontraban las ollas, u otros contenedores donde se había puesto el tesoro, pero ahora llenos de tepalcates (pedazos que habían formado de una olla, de un cántaro o de otro artículo de barro) o llenos de alguna otra cosa, menos de dinero.

También se hablaba de una especie de gas que salía de los tesoros, a voluntad de quien lo resguardaba o de acuerdo con las conductas y pensamientos de quienes lo estaban buscando. Si los buscadores del tesoro no eran los seleccionados para quedarse con él, podría aparecer este gas venenoso, capaz de matar rápidamente a los intrusos. Hasta se usaba frecuentemente en el habla del pueblo la palabra “enazogarse” para referirse a alguien que de pronto mostraba demasiado interés en el dinero. Con el tiempo supe que la palabra venía de azogue, nombre con el que efectivamente se conoce un gas que se desprende de algunos metales que permanecen mucho tiempo enterrados. Este gas realmente puede matar a un ser humano en poco tiempo, sobre todo en condiciones de poco oxígeno, como pueden ser los hoyos cavados para buscar tesoros.

De quienes se hablaba que tenían más posibilidades de encontrarse tesoros, eran los albañiles, que al derribar paredes viejas o cavar cimientos, podrían encontrarse con ollas enterradas. Aunque esto suena lógico, en la realidad no conocí de ningún caso; los albañiles del pueblo no se distinguían por tener mucho dinero.

Una de las casas de donde se aseguraba que alguien había encontrado dinero enterrado era una que se encontraba en ruinas en el corral de Manuel Flores, frente a donde vive José Carranza; desde que yo recuerdo siempre había habido solamente unas paredes viejas de adobe y una serie de historias relacionadas con voces y aparecidos.

Sobre algo que a mí me consta es de un corral arribita de la carretera, un corral que a lo mejor ya no existe y que casi siempre se le veía improductivo. Camino al cerro uno podía ver hacia el interior y recuerdo que se podían ver huellas de que alguien había cavado un hoyo, muy probablemente la noche anterior. Alguna vez que iba con mi papá vimos un hoyo un poco más grande y recuerdo que mi papá comentó: “seguramente ahora sí dieron con el tesoro”.

Cuando empezaron a surgir los aparatos detectores de metales, mucha gente pensó que eso abría la posibilidad de encontrar tesoros de cuya existencia se hablaba desde hacía tiempo. Incluso mi papá una vez acompañó a alguna persona que trajo un detector y creo que hasta lo llevó a la casa, por algún lugar donde mi mamá había visto “arder” una noche, pero no encontraron nada. Nunca supe tampoco de que hayan encontrado algo que valiera la pena en otros lugares; lo que con frecuencia encontraban eran clavos de tren, que eran clavos muy grandes con los que se fijaban los rieles a los durmientes de madera y que era común encontrárselos en todas partes del pueblo.

Ya he comentado que en algún momento surgió la teoría de que el Jueves Santo era un día propicio para buscar tesoros. Algunos jóvenes se organizaban para ir a buscar tesoros en sitios donde alguien alguna vez había visto arder; o simplemente caminaban para ver si ese día había alguna manifestación y les tocaba la suerte de presenciarla; cuentan que en ocasiones hasta sacaban la puntada de que había que lanzar una piedra y se ponían a cavar en el lugar donde ésta cayera. Para esta tarea, los jóvenes se llevaban regularmente sólo barras, picos y palas y, eso sí, mucho tequila, así que si no encontraban nada de tesoro –como creo que siempre sucedió- al menos regresaban contentos por la borrachera. Mas recientemente, para estas aventuras la gente pudo disponer de los ya mencionados detectores de metales.

Yo pienso que la llegada de estos aparatos, que por cierto tenían muchas limitaciones cuando empezaron a conocerse en el pueblo, pues se activaban ante la presencia de láminas viejas y otras cosas sin ningún valor, fue haciendo que poco a poco la gente se fuera olvidando de muchas leyendas de tesoros y fantasmas.

domingo, 31 de octubre de 2010

La Fiesta de Poncitlán cuando niños






La fiesta de Poncitlán cuando niños

(Escrito originalmente en Dic. 23 de 2003)

Pocos acontecimientos eran tan esperados en el pueblo como la Fiesta de Poncitlán; yo no sé porqué la gente le decía “la función de Ponci”, pero era la frase más utilizada. La fiesta es el tercer domingo en el mes de noviembre, algo que yo he dicho que deberíamos copiar en San Miguel y no dejar que la fiesta caiga entre semana, pues disminuye la posibilidad de que la gente le dedique atención.

Mi mamá nos inculcaba mucho que debíamos ahorrar para la fiesta, así que muchas veces teníamos una alcancía que íbamos llenando con lo que ganábamos haciendo algunos trabajos o guardando centavitos de lo que nos daban para la escuela o de domingo. Las alcancías casi siempre eran hechas de alguna lata o botella.

El día de la fiesta todo mundo se levantaba más temprano. Mi mamá probablemente tendría que darnos una arregladita del pelo y terminar algún estreno que nos confeccionaba ella misma, además de los “encargos” que tenía. A mi papá no le agradaba mucho la idea de ir, así que muchas veces buscábamos irnos con los primos o con los tíos.

Parte importante de la fiesta eran (y supongo que siguen siendo) los carros alegóricos. En estos carros se representaban escenas religiosas; algunas señoras muy reconocidas en Poncitlán iban en el desfile lanzando maldiciones contra el demonio y el comunismo, apoyadas con un micrófono, mientras los carros iban circulando. El carro principal, el último, llevaba a la virgen del Rosario, la patrona del pueblo.

¿Cuál era el chiste de la fiesta? A estas alturas resulta difícil explicarlo, pero cuando niños estábamos ansiosos de hacer el viaje a Poncitlán y adentrarnos en las atracciones de la Fiesta. El viaje de ida sería por cierto bastante incómodo, pues regularmente los autobuses pasaban muy llenos y en caso de que se pararan ya sabía uno que tendría que ir apachurrado en medio de mucha gente. Lo bueno es que ese día casi todos se bañaban y se ponían sus mejores perfumes. El viaje de regreso sería regularmente en las mismas condiciones, a pesar de que muchas veces usaríamos un transporte improvisado como público, como eran las camionetas o trocas de la gente del pueblo.

Ya una vez en Ponci, que por cierto el camión en esos días lo dejaba a uno más lejos de la central porque el área se llenaba de puestos y otras cosas, podía uno bajar y dedicar un buen rato a recorrer los puestos de vendimias. En ellos era posible encontrar una gran cantidad de juguetes, comida, artículos para la casa, ropa, Etc.

A mi me gustaba hacer esos recorridos, aunque con la mano vigilando constantemente que el dinero no se desapareciera (había muchos ladrones en ese día que se robaban las carteras) tratando de encontrar la mejor manera de gastar el dinero. Regularmente terminaba uno comprando una pistolita que detonaba unos truenos de pólvora que venían en un rollo. A lo mejor también una máscara y una corneta de lámina para ir haciendo ruido. Esas ganas de ir tocando la cornetita debe tener alguna explicación psicológica, pues parece que lo siguen haciendo. Yo recuerdo que uno trataba de replicar con esa cornetilla la música que se escuchaba por todos lados en los diferentes puestos.

A los puestos grandes donde vendían comida y bebidas les llamaban terrazas. Yo siempre pensé, cuando era niño, que realmente se necesitaba mucho dinero para llegar a consumir en una de ellas; después me dí cuenta de que no lo era tanto. Probablemente la impresión venía de que era frecuente ver a los “norteños” estar consumiendo bebidas con sus amigos, rodeados con un mariachi o al menos un conjunto de música norteña. Uno podía ver que el fulano que estaba invitando la bebida y la comida era norteño porque se le notaba hasta en la forma de vestir, además de que muchos de ellas venían de Chicago y eso se podía saber por lo descolorido de su piel.

Para muchos paisanos que trabajaban en Estados Unidos en aquel tiempo (me imagino que para muchos sigue siendo lo mismo) uno de sus sueños dorados era juntar dinero y venir para una fiesta de Poncitlán, emborracharse con un grupo de sus amigos más cercanos, trayendo el mariachi detrás de él por las terrazas e incluso por la plaza. Algunos así lo hacían, con todas las dificultades que implicaba que un grupo de gentes trataran de caminar juntos en medio de una multitud.

La plaza era el lugar principalmente para los jóvenes, cuando llegaba la noche y la banda del pueblo empezaba a tocar su música; de niño yo trataba de no acercarme demasiado, para no correr el riesgo de ser empujado por la bola de gente. En otra ocasión platicaré lo que significaba caminar por esta plaza en ese día siendo joven, por ahora quisiera mencionar solamente que los olores que se desprendían eran muy bonitos, por la cantidad de nardos, gladiolos, gardenias, rosas y otras flores que abundaban, así como porque la gente olía a jabón, a limpio y unos cuantos a perfume.

Yo prefería gastar mi dinero en juegos, como el tiro al blanco con rifles de municiones. Casi siempre había dos tipos de rifles, los más caros tenían toda la apariencia de un rifle de verdad y mucha más precisión. Pero si el dinero era poco (y siempre lo era) resultaba más barato un rifle más pequeño, el cual no garantizaba mucha precisión en los tiros. Esta era una diversión para chicos y grandes, pues muchos jóvenes trataban de llevar a sus candidatas a novia a esos puestos, en parte para impresionarlas con su puntería, en parte también para tomar como pretexto que les estaban enseñando a tomar el rifle y apuntar y poder acercarse más a ellas y tocar sus manos.

Había también unos juegos que implicaban disparar con unos rifles que lanzaban corchos. La idea era derribar algunos regalos (que casi siempre eran cajetillas de cigarros) pero el canijo rifle disparaba por cualquier lado y era muy difícil obtener un premio. Alguna vez me llevé tremenda desilusión, porque después de que finalmente pude derribar una cajetilla de algo, el fulano me dijo que no bastaba tumbarla, sino que era necesario que la cajetilla cayera del estante.

A los juegos mecánicos creo que me subía poco, pues algunos me parecían muy simples y de otros me parecía que no era nada agradable la sensación que producían, así que se me hacía contradictorio el pagar por treparse a un aparato que iba a provocar sensaciones incómodas.

Era común que emprendiéramos el regreso a casa por la tarde. Ya sin dinero y muchas veces con la frustración de que te hubiera gustado quedarte más rato, o también con la idea de que a lo mejor te avorazaste y no aprovechaste tus ahorros de la mejor manera. Mi papá explicaba muy bien cómo eran las expresiones de la gente cuando iba camino a la fiesta y cómo eran a su regreso, cansados y sin dinero.

domingo, 25 de julio de 2010

La nomenclatura del pueblo

La nomenclatura del pueblo
Escrita el 4 de julio de 2010

Es probable que a otras personas les resulte como a mí que esta palabra suena medio rara, pero se refiere solamente al nombre de las calles y la numeración de las viviendas. Este es un tema del que había querido escribir desde hace bastante tiempo, pero me había detenido por no tener a la mano suficiente información, incluyendo un plano del pueblo. Sigo sin tener esa información, pero esperaría que quienes lean este escrito puedan colaborar conmigo para completarla.

Según mis recuerdos, la nomenclatura de las calles del pueblo se derivó de la introducción del servicio de electricidad, hacia 1966. Suena lógico pensar que para poder dar el servicio a cada una de las viviendas era necesario identificarlas oficialmente, de otra forma después no iban a poderse expedir los recibos cada dos meses.

No sé cómo se presentó la situación, pero me imagino que el Delegado Municipal, que tengo la idea era Basilio Valdivia en esa época, tuvo la instrucción de que se requería establecer la nomenclatura del pueblo y solicitó apoyo de quien pudo. En este caso, acudió a mi tío Beto, quien tenía mucha capacidad de trabajo y una habilidad práctica innegable para este tipo de cosas.

Recuerdo haber visto que a la casa de mis primos llegó una buena cantidad de lámina, que mi tío y los hijos mayores ayudaron a cortar en rectángulos de un mismo tamaño y luego a pintar con una base que recuerdo era un azul de tono oscuro. Tengo en mi mente la imagen de docenas de estos rectángulos puestos a secar al sol. Aunque el pueblo no es muy grande, hay calles que tienen varias esquinas y había que preparar un rectángulo para cada una de ellas.

Pero la parte que me parece más interesante de este proceso es la de la definición de los nombres que les pondrían a las calles. Seguramente no se dispuso de mucho tiempo, ni hubo una consulta pública y me imagino que fue en la casa de mi tío Beto en donde se tomó nota de cuáles serían los nombres que las calles de nuestro pueblo llevarían en adelante. No sé si en algún momento hubo oportunidad de tomar la opinión de algunos de los profesores de primaria del pueblo, que serían las personas más cultas.

Me pregunto cómo le hacía la gente, antes de que las calles tuvieran un nombre oficial, para referirse a alguna casa o parte del pueblo. Me imagino que lo que se diría sería algo así como: “ahí por donde vive don fulanito”; o ahí enfrente de “La Parota” o algún otro árbol fácil de distinguir. El problema de tener como referencias nombres de personas es que luego no se actualizan constantemente, es el caso de la esquina de Martín Torres, a la que se le sigue llamando así a pesar de que el señor tiene más de 30 años que falleció. Por cierto, a la calle que luego se le asignó el nombre de Hidalgo se le llamaba desde antes “la calle de abajo” y por mucho tiempo después se le siguió llamando así.

A falta de detalles sobre lo que realmente sucedió, no nos queda más que imaginar cómo se dieron las cosas. Yo supongo que mi tío Beto, el comisario Basilio Valdivia y otras gentes que se agregaron, entre ellos mi papá, opinaron sobre los nombres más convenientes para las calles del pueblo. Supongo también que las fuentes en las que se basaron fueron sus conocimientos de la historia de México y tal vez los ejemplos de otros pueblos, como Poncitlán o ciudades grandes, como Guadalajara.

En los nombres que forman parte de la nomenclatura se nota que prevalecen los héroes de la historia patria. Eso sí, se nota que se buscó encontrar un equilibrio y asignar nombres relacionados con los tres grandes momentos de la historia del país: la Independencia, la Reforma y la Revolución, aunque sin dejar de incluir nombres sobresalientes de nuestra época pre-colonial. Recuerdo que hay una calle Cuauhtemoc y otra Cuitláhuac, pero en este momento no podría decir en dónde se encuentran. Ojalá si alguien lee este escrito y recuerda la ubicación de algunas calles, nos complemente esta información.

La calle principal del pueblo, o sea donde se encuentra la plaza pública y el templo, es la Juárez, como sucede con muchos pueblos. Podríamos decir que también en Guadalajara la calle Juárez es la principal, aunque luego tiene varios nombres. La siguiente en importancia por la extensión sería la Hidalgo, que viene siendo la “calle de abajo”.

Otros héroes de la independencia que recuerdo serían Morelos y Allende, aunque tampoco tengo cierto en donde están esas calles. Tal vez haya también una calle Aldama y otra de Abasolo. Me gusta que en el pueblo haya una calle dedicada a Javier Mina, un español que jugó un papel muy importante para la conclusión de la Independencia; si no recuerdo mal, esta calle es la que sale de la Casa de la Máquina y se prolonga hacia el poniente, pasando por las casas de Don Felipe Beltrán, Florencio Vera y más adelante hasta llegar a la parte de atrás de las casas de Don Toño Muñoz y Don Germán Hernández.

También me da gusto que haya una calle dedicada a Don Pedro Moreno, un héroe de la Independencia más cercano a los jaliscienses, pues luchó en la zona de los Altos de Jalisco, por eso la ciudad de Lagos de Moreno lleva su nombre. Esta es la calle paralela a la Juárez, hacia el sur y se acaba cerca de la casa de Goyo Beltrán.

No sé porque tengo la idea de que no se incluyó el nombre de Doña Josefa Ortíz de Dominguez, que tal vez sería la heroína más conocida en toda la historia de México, pero tiene la desventaja de contar con un nombre demasiado largo. A lo mejor la que salió beneficiada en este aspecto fue Leona Vicario. No me parecería raro que otros personajes célebres de nuestra historia también fueron descartados por tener la mala suerte de que su nombre no cabría en el cuadrito.

De los héroes de la Reforma, tenemos a Melchor Ocampo, que es la calle que pasa por la esquina de la tienda que perteneció a mi tía Félix y luego a mi familia. Esa calle llega hasta la escuela primaria y el campo de futbol, aunque tengo duda de si pasando la carretera se llama igual o si le cambiaron el nombre quienes fundaron la colonia que algunos llamaban “Azteca” y otros “Altamira”. Otro héroe de esa época es Juan Alvarez, nombre que se le puso precisamente a la calle que viene desde El Tanque y pasa por la plaza.

De la época revolucionaria, debe haber una calle dedicada a Madero y otra a Venustiano Carranza, tal vez también otra para Emiliano Zapata, pero realmente no recuerdo con certeza su existencia y menos tengo idea de dónde podrían estar ubicadas. La única que me parece más cierta es la de Alvaro Obregón, que sería la calle que baja de la terminal de autobuses hacia el frente del templo. Siempre tuve la idea de que en este caso de alguna manera se siguió el ejemplo de Poncitlán.

Una de las pocas calles que se sale de contexto es la de Juan Gil Preciado, que en realidad no tiene mucho de calle, pues es la que corre a lo largo de la carretera. Este nombre se le otorgó por el gobernador de Jalisco que benefició a nuestro pueblo, unos pocos años antes, con la introducción del sistema de agua potable.

Recuerdo que fue un domingo (aunque tal vez se requirieron varios) en que una cuadrilla de gentes, encabezada por el comisario, salieron a colocar los letreros con los nombres de las calles. En muchos casos, fue necesario que previamente un albañil hiciera una base sobre la que se colocarían las láminas, pues muchas paredes de adobe estaban demasiado disparejas.

Esta también fue la oportunidad de que se instalaran los números en el exterior de las casas. En muchas partes del pueblo solamente había corrales, así que los dueños tuvieron que calcular cuántas casas podrían construirse luego en su predio, para apartar los números correspondientes.

Mi tío Beto también ofreció el servicio de vender los cuadritos con los números que identificarían las casas. Eran hechos de cerámica, cemento blanco o algo parecido y realmente bastante sencillos. Recuerdo que incluso mi tío y mi papá hicieron algunas pruebas para ver si se podían fabricar algunos parecidos, pero al parecer no resultó muy redituable y no se hizo.

Estoy convencido de que quienes prepararon la nomenclatura del pueblo hicieron un muy buen trabajo, tanto en la instalación de las láminas, como en la selección de los nombres. He conocido muchos pueblos y barrios en diferentes ciudades del país y puedo decir que, al menos al principio, nuestro pueblo tuvo una buena nomenclatura. Las láminas con los nombres duraron muchos años, fueron sustituidas en su mayoría unas dos décadas después, porque a algún Presidente Municipal se le ocurrió que valía la pena hacer el cambio o tal vez porque fue un trabajo que se hizo en todo el país cuando se estableció el sistema de códigos postales, pues en adelante las láminas ya tendrían ese dato, lo cual no dejaba de parecerme ocioso, pues todo el pueblo tenía el mismo código postal.

Han surgido algunos barrios nuevos en el pueblo, pero no sé cuáles hayan sido los nombres seleccionados para nombrar las calles. Yo me quedé con la idea de que sería bueno que en el pueblo hubiera una calle en honor de López Mateos, que era el Presidente de México en aquellos tiempos y ha sido uno de los mejores que hemos tenido. También me gustaría que hubiera una calle dedicada a Lázaro Cárdenas, pero cuando se hizo la nomenclatura aún vivía y como que el criterio que prevaleció fue usar nombres solamente de héroes difuntos. Algo que también faltaría es una calle asignada a un héroe o personaje de nuestro pueblo, algo que si existe en Poncitlán, en donde hay una calle dedicada a un músico que ahí nació o al menos ahí vivió.

En todo esto, sin embargo, mi experiencia es que es difícil complacer a todo mundo, además, nuestro pueblo no crece tan rápidamente como para dar espacio a muchas opiniones. Lo que sí creo es que éste es un tema que debería ser de interés general y suscitar una participación de todos los sanmiguelenses.

lunes, 21 de junio de 2010

El Día del Padre, cuando eramos niños

(Escrito originalmente el 16 de Junio de 2003)

Según mis recuerdos, el Día del Padre no era algo muy celebrado en San Miguel cuando éramos niños, sobre todo si lo comparamos con las fiestas del Día de la Madre, que se festejaba ampliamente, con fuerte apoyo de los maestros de la escuela primaria. Yo recuerdo que esto me parecía un tanto injusto, porque sentía que el mérito de los papás también era muy grande; sentía también que el no dar este reconocimiento de alguna forma daba por hecho que la gran mayoría de los papás eran bastante baquetones. A lo mejor lo que sucede es que no nos había llegado el asunto de la comercialización tan fuerte como es ahora.

Estaba leyendo hace poco que fue hasta 1966 cuando en Estados Unidos hubo una proclamación por parte del presidente Johnson, quien declaró oficialmente el tercer domingo de junio como el Día del Padre. Yo supongo que ese fue un factor que generó en México una mayor aceptación para celebrar esta fiesta y hacerlo precisamente ese día. De entrada me parecía un tanto injusto que para festejar al padre se haya pensado en una fecha movible, mientras que a las mamás siempre se les celebraría el 10 de mayo, pero después pude ver que esto tenía también sus ventajas.

Ni siquiera había muchas canciones, tristes o alegres, que hicieran alguna mención de los papás. A diferencia del día de las madres, en el que los tocadiscos del pueblo tocaban durante todo el día bastantes canciones con alusión directa al amor de madre.

Una de las canciones dedicadas a las mamás que más recuerdo decía en una parte “Oh Madre querida, Oh Madre adorada” y yo, que siempre he sido muy despistado para eso de entender la letra de las canciones, pensé que decía: “Comadre querida, Comadre adorada”. Porque aparte también era común que algunas comadres se felicitaran entre sí para ese día. Otra canción que también se escuchaba mucho en el tocadiscos del pueblo era una que cantaban los Dandys, que ya de por sí eran muy populares.

Años después surgió una canción sudamericana que creo se llama “Mi viejo” y que en una parte dice “Es un buen tipo mi viejo, que anda solo y esperando, tiene la tristeza larga, de tanto venir andando…”. Incluso la grabó Vicente Fernández algunos años después, pero la verdad es que la letra no me parecía muy cercana a la forma en que en México, y sobre todo en mi pueblo, podríamos hablarles o referirnos a los papás. Un tiempo después salió otra canción, creo que de Lorenzo de Monteclaro que habla de “ese señor de las canas, que en las buenas y en las malas siempre supo responder”. Siento que esa canción si se quedó más en el gusto de la gente, a pesar de que es muy triste, sobre todo en el verso que dice:

Por señas tiene ojos tristes,
herido su corazón,
es viejo y de pelo blanco,
su mirada puro amor.


Así que la fiesta en casa, ese día de los padres, tal vez consistiría simplemente en incorporar a la comida un refresco. Un refresco que varios de los hijos compraríamos, llevaríamos a la mesa y los pondríamos en el centro, con lo cual para nosotros ya daba una imagen de fiesta. Probablemente unas flores de tulipán o de laurel servirían para adornar las botellas y que se vieran más bonitas.

No recuerdo que hayamos podido regalarle algo a mi papá cuando yo era niño, ni siquiera una cajita de pañuelos, que realmente eran baratos. Sucede también que no había muchas cosas que en las tiendas del pueblo promocionaran para ese día, contrario a lo que sucedía para el Día de las Madres, aunque visto a la distancia uno se da cuenta de que lo que les regalábamos a las mamás eran en realidad cosas para la casa y no para ellas.

domingo, 13 de junio de 2010

Los días "alegres"

(Escrito originalmente el 29 de Junio de 2003).

El mes de junio era muy especial en San Miguel, para mí tenía incluso mucho de mágico.

Con los primeros días del mes llegaban también las lluvias y el escenario pronto se transformaba. Las lluvias disipaban los calores de mayo y empezaban a teñir todo de verde. Era increíble ver como de un día para otro el pasto y las hierbas silvestres crecían y cubrían las orillas de los caminos. Hacia el medio día, el calor del sol vaporizaba el agua caída la noche anterior y se sentía en el ambiente el olor a tierra mojada, mezclado con olor de hierbas, de abono, y no se cuantas cosas más. Esto podía uno sentirlo en la nariz, pero se penetraba también en los pulmones y hasta en el estómago.

En el campo se empezaba a ver mucha gente trabajando en limpiar la milpa de yerba y más tarde también tirando abono.

Un motivo de fiestas en el mes de junio era sin duda la terminación de los años escolares. Esta fiesta era una de las más esperadas en el pueblo. En la época en la que yo salí de sexto, en 1967, ese era el nivel escolar al que podía aspirar la gran mayoría de la gente del pueblo, muy pocos podían pensar en irse a estudiar más arriba.

Pero sin duda lo que completaba el escenario de fiestas eran los “días alegres”; o sea las fiestas de San Antonio, el día 13; de San Juan el día 24 y de San Pedro y San Pablo el 29 de junio. De alguna manera se entendía que el 29 era el día más importante, aunque yo creo que había más gente que se festejaba el 24 de junio, porque hay más Juanes y Juanas que Pedros y Pablos.

La fiesta empezaba un día antes, cuando la música que había sido contratada por los encargados empezaba a caminar por las calles, al menos cerca de la plaza. Los cohetes de pólvora, pronto convocaban a la gente o al menos les recordaban que estábamos de fiesta. Para esto, ya los encargados estaban preparados y distribuían botellones con ponche; el de jamaica era probablemente el más conocido, pero había también de tamarindo, de guayaba, de membrillo y de otros sabores.

Así que había gente que empezaba a tomar ponche siguiendo a la música desde la víspera y continuaban tomando todo el día siguiente. El día de la fiesta había que ir a misa y empezar a escuchar ahí a los músicos que le llevaban mañanitas al santo festejado. De ahí, habría que seguir a la música por todo el pueblo; pues en cada casa que hubiera alguien que llevara el nombre del santo del día se tocaban las mañanitas y/o alguna canción del gusto del festejado y esto funcionaba no solamente para personas adultas, sino incluso para recién nacidos.

En recompensa por la música, el anfitrión debía regalar a los encargados un pollo o paloma de buen ver, adornado con tiras de papel de China. Los pollos recogidos eran colgados bocabajo de un hilo en un caballo y hacían el recorrido junto con la música durante todo el día, así que al llegar la tarde muchos de ellos ya no se veían muy fuertes.

La fiesta era para todo el mundo, de modo que si uno era suficientemente paciente, podía incluso conseguir un poco de riquísima comida en la casa donde los encargados habían previsto alimentar a los músicos.

Por la tarde, la gente se trasladaba al foro frente a la escuela (años después el escenario se cambiaría al kiosko de la plaza) donde se haría la ceremonia de “agarrar el cargo” de manera que se podría saber quienes serían los responsables de organizar la fiesta del siguiente año. Se colocaban unas mesas con una buena cantidad de “picones”, cigarros, botellas de ponche y de otro tipo de vino, como atractivo para quienes se decidieran asumir esta responsabilidad.

“Agarrar el cargo” era un símbolo de compromiso con la comunidad, además de que tenía otros significados. Por ejemplo, cuando un joven era aceptado como un nuevo encargado, de alguna forma indicaba que ya era reconocido por la comunidad como persona adulta, susceptible de cargar con responsabilidades. Para muchos sanmigueleños sin duda que “agarrar el cargo” al menos una vez en la vida era un motivo de orgullo y una manera de sentirse miembro del pueblo.

Cuando muy niño, recuerdo que lo común era que dos o tres personas agarraran el cargo, después el número tuvo que hacerse más grande, para estar en condiciones de compartir los gastos. La breve ceremonia en la que se anotaban en una libreta los nombres de los encargados era muy formal, de manera que era atestiguada por el comisario del pueblo. Fallar al compromiso de “pagar el cargo” era realmente una vergüenza por la que nadie hubiera querido pasar nunca.

En aquellos tiempos, después de agarrado el cargo la gente se trasladaba con todo y música a la “calle de abajo”, que no es otra más que la calle Hidalgo. Entre el tramo de la casa de Jesús Vega y de Juan Arana se realizaban carreras de caballos. Esta costumbre de las carreras desapareció cuando se realizaron las obras de empedrado por la mayoría de las calles del pueblo.

Muchos de los jinetes que participaban en las carreras de caballos se picaban y de ahí salían carreras arregladas para realizarse semanas después, una vez que los caballos estuvieran “en cuida” por un tiempo. Los premios en las carreras de “los días alegres” eran precisamente los pollos o palomos que habían sido recogidos en la mañana, pero sin duda esto era solamente un símbolo, y lo más importante era que los jinetes ganadores se llevaban una diana, junto con el aplauso y reconocimiento del público en general, especialmente de las muchachas.

Estos días eran fechas en que la gente haría un esfuerzo por estrenar algo, en al menos uno de los días. Mi mamá se preparaba con mucha anticipación para tener listo un estreno para mis hermanas; por mucho tiempo ese estreno tendría que salir de la vieja máquina de coser. De cualquier manera, muchas veces mis hermanas pudieron lucir vistosos vestidos (acordes con lo colorido de los días) y yo también pude estrenar al menos una camisa. El olor a ropa o zapatos nuevos se agregaba al ambiente y aportaba un ingrediente muy importante para la fiesta. No importaba que por la noche, al regreso a la casa, muchas veces la ropa y los zapatos estuvieran cubiertos de lodo, por alguna de las tormentas que no son extrañas en estos días.

domingo, 23 de mayo de 2010

Guajes, guamúchiles y guayabas






Escrito originalmente el 13 de septiembre de 2008

Curiosamente los nombres de estas tres frutas comienzan con las mismas letras y las tres formaban parte importante de la dieta y hasta del paisaje de mi pueblo, aunque me imagino que todavía sigue siendo lo mismo. En realidad esto no era exclusivo de San Miguel, pues se podía decir lo mismo de otros pueblos de la región, pero yo creo que sí llegó a constituirse en parte de nuestra identidad.

Recuerdo que cuando había pleito con muchachos de pueblos cercanos –lo cual era muy frecuente porque muchos de ellos iban a estudiar a nuestra escuela primaria- no faltaba a quien se le ocurriera decir que los de San Miguel éramos indios guajeros, guamuchileros o guayaberos (nopaleros era otro adjetivo). Por supuesto que nos enojábamos, pues de antemano sabíamos que lo decían con plan de ofender. Lo de “indio” no creo que nos molestara mucho, más bien lo otro.

De las tres frutas, creo que las guayabas no se daban tanto como para que mereciéramos esa fama. Había y tal vez todavía hay, algunos arbolitos en el rancho, en la granja del Jaral, en algunas huertas de por el rumbo de El Tanque y en muchas casas, pero no creo que fueran tantas.

Los árboles de guamúchil son más bien silvestres y de esos sí hay muchos por todos lados, claro con excepción de los potreros, en donde solamente hay tierras de cultivo, ni tampoco en las partes altas del cerro, donde más bien hay árboles de palodulce, encinos y pinos. Igual pasa con los árboles de guajes, nacen solos por todas partes.

Los guajes dan fruto en los primeros meses del año; en enero, febrero y hasta en los primeros días de marzo. Son unas vainas con pequeñas semillas que están más sabrosas cuando están tiernitas. Existen vainas de color verde, como las de la foto de abajo, aunque las que se dan más en mi pueblo son de color rojo.

Mucha gente se comía las semillas en tacos, solamente con un poco de sal. También era común comérselos esparciendo las semillas sobre el plato de frijoles, ya fueran de la olla o fritos, o en algún otro platillo, por ejemplo unos huevos estrellados. Pero lo más común y sabroso era preparar una salsa machacando las semillas y agregándoles jitomate y chile. Esta salsa, como todas las demás sabría mucho mejor si se preparaba en un molcajete, de donde se tomaría directamente para comerse en forma de taco, sobre frijoles, huevos fritos y otros alimentos.

Los guajes son bastante sabrosos, lo malo es que tienen un olor muy fuerte y no se recomienda comerlos si más tarde se tiene algún compromiso en el cual hay que acercarse mucho a otras personas; obviamente, si esa noche se tiene pensado ir a ver la novia, mejor es evitar incluirlos en la comida. Lavarse los dientes y masticarse unos chicles de menta o hierbabuena no son antídotos suficientes contra este tremendo olor. Es tan fuerte este olor, que se dice que los parásitos intestinales salen disparados cuando niños o adultos consumen guajes en ayunas. Ya mejor ni digo lo que sucedía cuando a alguien se le escapa un gas en algún lugar público, después de haber comido bastantes guajes.

El árbol de los guajes tiene ramas muy quebradizas, (“vidriosas” decían en mi pueblo) por tanto uno no se trepaba a los árboles, o sólo a las primeras ramas y los guajes se cortaban con apoyo de un gancho. Los buenos ganchos eran de palos de otate; también había de carrizo, pero se quebraban en cualquier momento.

Cuando de niños íbamos a nadar al tanque, a veces nos llevábamos un kilo de tortillas y un poco de sal. Después de nadar un rato, para recuperar energías, buscábamos guajes y hacíamos tacos, los cuales nos sabían deliciosos. También descubrimos que los retoños del árbol tenían un sabor parecido, así que comíamos tacos de retoños.

Los guamúchiles son también una vaina. Estos se dan desde abril, mayo y los primeros días de junio. Lo más común es que las lluvias se consoliden después de la segunda semana de junio y eso hace que los guamúchiles que aún están en el árbol se empiecen a pudrir y son también mordizqueados por los mayates.

Los guamúchiles no son para acompañar la comida, sino más bien para comerse solos. Cuando llegaba la temporada, algunas familias se salían por las tardes a los corrales, cargando un gancho y un balde. Esta era una forma digamos civilizada de cortar y comer guamúchiles, porque algunos de nosotros lo que hacíamos era tratar de tumbar a pedradas los mejores frutos. Regularmente lo lográbamos, pero después de cansar el brazo y al precio de tumbar muchas frutas aún verdes. Otra forma que seguíamos era treparnos hasta las partes más altas, con la única limitante de que la rama que pisábamos soportara nuestro peso. Estando lo más cerca de las frutas las cortábamos con las manos o a veces sacudíamos fuertemente la rama, para que cayeran los frutos. Ya he platicado que en esos tiempos no nos preocupábamos mucho por la higiene, así que caían las frutas en el suelo y nosotros solamente les sacudíamos un poco el polvo antes de hincarles el diente.

En el pueblo teníamos identificados cuáles eran los árboles de guamúchil que más pronto empezaban a dar fruto; también los que eran más dulces y jugosos. Había otros que además de sabrosos daban frutos con colores muy intensos. Solamente había que cuidarse de los árboles que daban frutos “hogones”; en su tiempo yo no sabía de dónde había salido esa palabra, pero entendí después que se refería a que uno sentía que estos frutos se le quedaban atorados en la garganta, porque eran muy resecos.

Siempre he pensado que se debería de encontrar algunas formas de preservar los guajes y los guamúchiles, o prepararlos de alguna manera que fuera posible consumirlos durante todo el año, y no solamente en las pocas semanas que los árboles están “dando”, como decíamos en el pueblo.

Esto último sí se ha hecho con la guayaba, cuyo fruto por cierto creo que es más posible conseguirla a lo largo del año. Con este fruto se fabrican jaleas, dulces y hasta preparados con alcohol. Uno de los ponches que más me gustaban en los “días alegres” o en diciembre era precisamente el de guayaba.

En mi pueblo nos comíamos las guayabas mas bien cuando estaban sazonas, pero todavía no maduras, porque había muchas posibilidades de que luego se le desarrollara alguna plaga y le salieran gusanillos. Ya maduras, se buscaba evitar las partes podridas para comerse lo demás. Cuando había mucha guayaba, se caían de los árboles y se podían recoger para luego partir y cocer con un poco de azúcar, a esto le llamábamos “guayabate”.

Las guayabas se pueden comer solas, para mitigar el hambre; también acompañan las comidas, como puede ser en forma de una rica agua fresca; las maduras nos sabían también muy sabrosas con leche; había incluso algunos remedios para el estómago o la gripe que se preparaban con base en hojas o frutas del guayabo. Una ventaja adicional es que este fruto no huele mal, como los dos anteriores; todo lo contrario. Yo con frecuencia masticaba hojas tiernas de este árbol para disimular otros sabores y olores, o simplemente porque me gustaba el sabor.