domingo, 1 de marzo de 2015

Los "Pajaretes"


Escrito originalmente el 25 de enero del 2009. 







Estoy seguro de que esta bebida tiene una diversidad de nombres en otras partes del mundo y de México. Estamos hablando de una bebida elaborada con leche recién ordeñada, combinada con otras cosas, principalmente alcohol de caña.

En San Miguel, desde muy niños escuchábamos de quiénes iban muy temprano a tomar leche recién ordeñada en los corrales (había muy pocos lugares que se podrían llamar establos). En tiempo de frío esto podía antojarse más, pues un buen jarro de leche caliente eleva la temperatura corporal varios grados. El chiste era tomarse la leche inmediatamente después de ser ordeñada, si se llevaba a la casa y allá se consumía ya no era lo mismo.

Muchos ganaderos tenían como parte de su cortesía el invitar a los demás a pasar un día a echarse un “pajarete”. Pero mucha gente no necesitaba de ninguna invitación, solamente se arrimaba y pedía. Así como en el pueblo se decía que “a nadie se le niega un vaso de agua”, lo mismo pensaban los ganaderos de un jarro de leche caliente. Algunas gentes pasaban por la tienda y se llevaban galletas Marías o pan para acompañar la leche; el mejor pan en este caso era el más horcón, como las semas, los “puerquitos” y las “piedras”. También era común que alguien fuera a recoger algunos litros de leche que se tenían como “entrego” y de paso aceptaba echarse un “pajarete”.

En el pueblo ha habido también rebaños de cabras y también la leche de las chivas era aprovechada para estos “pajaretes”, con la ventaja de que en el pueblo siempre se ha creído que esta leche es muy buena para los problemas pulmonares, como la tos y la tos ferina, muy comunes en los tiempos de fríos.

A mí no se me olvida la primera vez que me tomé un “pajarete”. No fue una experiencia muy agradable. Tengo idea que era un domingo y que iba con Lupillo y Manuel y posiblemente algún otro de mis primos. Fuimos a un lugar cerca de donde ahora es el panteón; es posible que nosotros mismos lleváramos el alcohol para mezclarlo con la leche. El procedimiento es muy sencillo, uno le pone un poco de alcohol al recipiente, de preferencia un jarro y el ordeñador le apunta la ubre directamente, lo que permite con el chorro que se mezcle completamente.

De entrada, no me agradó mucho el olor de la leche, como que todavía huele a ubre y a pastura; el sabor tampoco me pareció nada agradable, acostumbrado como estaba a tomarme siempre la leche ya hervida. Pero lo más desagradable viene después, porque por lo caliente y lo grasoso de la leche, hace un efecto directo en el estómago y muy pronto empecé a escuchar que mis tripas rugían y me ví obligado a buscar un lugar donde poder desalojar los intestinos.  Es de imaginarse los apuros por los que pasa uno atrás de las cercas, en medio del zacatal, en tiempo de aguas, buscando algo que parezca papel para asearse las partes involucradas.

La verdad es que los vaqueros ya conocen de estos efectos perversos, pero no dicen nada ni les advierten a los incautos; estoy seguro de que están atentos, observando y se han de reír a más no poder al ver las peripecias de la gente que tiene poco contacto con las cosas del campo y por tanto está muy poco familiarizada con estas situaciones. Es algo que a mí me recuerda a la famosa “venganza de Moctezuma”, que les sucede a quienes no saben que comer mucho chile tiene sus repercusiones “a la salida del sol”.

Pero el problema, al menos en mi caso, no paró ahí, la mezcla de la leche con el alcohol me produjo un dolor de cabeza que todavía recuerdo. Así que al regresar al pueblo, después de esa primera experiencia, mi cuerpo estaba bastante maltrecho, con muy pocas ganas de volver a probar los famosos “pajaretes”.

Pero la verdad es que con el paso del tiempo uno le va hallando el modo y he regresado a tomar “pajaretes” en muchas ocasiones. Fui aprendiendo poco a poco que con café soluble y algo de azúcar saben bastante parecido a los capuchinos. Además de que es posible agregarles alguna otra bebida menos fuerte que el alcohol.

domingo, 22 de febrero de 2015

Las primeras televisiones


Domingo 14 de Marzo de 2004

 


 
La primera televisión que yo recuerdo haber visto en el pueblo la compró (otra vez) mi tía Félix. Era una televisión usada, con armazón verde, obviamente la señal era en blanco y negro y la recepción bastante mala; había que encontrar siempre la manera de captar lo mejor posible la señal. Recuerdo algunas ocasiones en las que había algún evento importante, por ejemplo una pelea de box, en la que se tenía que invertir un buen rato a ver si la televisión quería prender y se vería bien la transmisión.

 
Mi tía instaló la TV en lo que después fue la trastienda; ella andaba siempre tan ocupada que quienes realmente la prendían eran sus sobrinos los más grandes. Yo iba y me asomaba y cuando veía que la tenían prendida me quedaba un rato. 
 
 
Las primeras televisiones eran de bulbos, lo que significaba que tardaban un rato en encenderse y también que había que preocuparse porque no se calentaran demasiado; o al menos ese era un pretexto para que luego le dijeran a uno (mi mamá lo hacía con mucha frecuencia) que había que apagarlas para dejarlas enfriar un poco.

 
Poco tiempo después mi tío Beto compró otra televisión, tipo consola; es decir con patas y con un mueble amplio. Ahí de nuevo yo estaba al pendiente de que estuviera prendida para ir a sentarme, esperando que me dejaran ver la tele un rato. La mayor parte de las veces la prendían para ver los partidos de futbol. En esa TV fue donde vimos las escenas de cuando el primer hombre arribó a la luna, también supongo que una buena cantidad de eventos de las Olimpiadas de 1968 y probablemente también partidos del Mundial de Futbol de 1970.

 
La primera televisión a color que recuerdo haber visto en el pueblo fue en octubre de 1968, cuando estaban transmitiendo los Juegos Olímpicos.  Esta TV estaba en una de las casas de los Enciso, frente al cine Bugazán. El aparato era de unas 13 pulgadas y se encontraba en un cuarto con ventana hacia la calle; así que era común ver gente pegada a la ventana tratando de ver aunque fuera un ratito esa maravilla tecnológica. En ese cuarto parecía que había una señora ya muy mayor y enferma; supongo que le habían puesto la TV para que se entretuviera, así que la escena era bastante rara: una bola de gentes asomando la cabeza por una ventana, mientras que una persona ya muy grande de edad y enferma veía el programa desde su lecho.

 
A mi me fascinaron las imágenes que se podían ver en ese aparato. Ahora a la distancia supongo que estas imágenes todavía no eran de mucha calidad en cuanto al color, pero a mi me gustaba mucho como se veía el azul del agua de la alberca olímpica. Yo creo que fue en esa TV donde vimos como “El Tibio” Muñoz ganó una medalla de oro en nado de mariposa.

 
Hubo una buena temporada en la que nosotros, y muchas otras gentes, buscábamos donde nos permitían ver la TV, a veces necesitando hacer un pequeño pago que empezó siendo de 20 centavos, “para la luz”.  Así es que recuerdo que yo llegué a ir en ese plan a la casa de Dn. Francisco Godínez, Raúl Campos; Jesús Villarruel, José Carranza, Miguel Martínez y mi tío Macario Campos.  Este último tenía un aparato bastante grande y arregló un cuarto de su casa, frente al templo de San Miguel, para acomodar una especie de bancas.  Además de lo que cobraba mi tío por la entrada, unos 20 o 30 centavos, también nos vendía una variedad de dulces. Por alguna temporada yo prefería irme ahí los domingos en lugar de entrar al cine; en parte para poder ver un programa que me gustó mucho: “La Isla de Guilligan”.  De esa manera, también tenía un poco más de posibilidades de que mi dinero me alcanzara para comprar algo de cenar con Doña Ciri.

 
En el caso de la TV de mi tío José Carranza, por un tiempo también a mis hermanas les gustaba ir para ver algunos programas con los artistas del momento: Manolo Muñoz, Enrique Guzmán, Angélica María, César Costa, Johny Laboriel, Los Rocking Devils, los Teen Tops; los Apson, entre otros.  A mi no me agradaban mucho esos programas y hasta me daba cierto coraje cuando Beto Carranza les daba por su lado a las muchachas y los sintonizaba, mientras que los chavos queríamos ver otras cosas.

 
También con mi tío José Carranza fue donde por mucho tiempo bastante gente se reunía los martes para ver la Lucha Libre.  Este era un espectáculo muy esperado durante toda la semana; era frecuente que uno pudiera llevarse un alcatraz lleno de cacahuates y estar comiendo mientras estaba la función. Como se imaginarán, en ocasiones estos cacahuates surtían efecto y esto se hacía notar en el ambiente. La lucha libre era transmitida desde la Arena Coliseo de Guadalajara y los anuncios que repetían eran casi siempre los mismos, muy repetitivos y con pocos recursos: Autotransportes la Alteña, Casa Ramírez Rábago, entre otros.

 
Había muchos luchadores que se ganaban la simpatía y admiración de nuestros paisanos: Ray Mendoza “El Indio de Mezcala”, Rolando Vera, Alfonso Dantés, “El Perro” Aguayo, “El Solitario”, entre muchos otros; de vez en cuando también venían algunos luchadores de la capital del país, como El Santo, Blue Demon y El Dr. Wagner”. Por supuesto que la gente siempre pensó que las luchas eran muy reales, y por tanto veían a estos señores como unos superdotados.

 
Poco a poco las telenovelas fueron también ganando mercado y muchas señoras se juntaban por las tardes a verlas. Una de las primeras que recuerdo fue la de El derecho de nacer o la de Corazón salvaje. A mi no me gustaron nunca, en parte porque me parecían muy exageradas y en parte también porque al principio las hacían con poco presupuesto y eran muy aburridas.
 

No recuerdo cuando fue que nosotros tuvimos la primera televisión. Supongo que debió haber sido en 1970 o a principios de 1971.

Cuando llegó la electricidad


Escrito originalmente el domingo 7 de Marzo de 2004

 


Hay bastante que platicar sobre este pasaje de la historia de San Miguelito, así que probablemente no será la última vez que nos refiramos al tema. Parece que en el pueblo hubo un tiempo por la década de los años 40 y 50 en que había electricidad. Según parece, había alguien que puso una planta y surtía con ella el servicio que básicamente consistía en electricidad para focos, probablemente no en todas las casas. No se cuando ni porqué desapareció el servicio, tal vez tenga que ver con que la Comisión Federal de Electricidad se constituyó en la única empresa autorizada para generar energía eléctrica y proveer este tipo de servicios.

 
Así que por mucho tiempo la gente añoraba que llegara la electricidad al pueblo. Yo he de haber tenido unos 11 o 12 años cuando eso sucedió; es decir, hacia 1966 o 1967. Se dieron señales con bastante anticipación, pues primero fuimos testigos de cómo se tendieron las redes de alta tensión, unos 100 metros arriba de la carretera. Mucha gente iba de curiosa a ver a como los trabajadores iban levantando las torres; increíblemente altas.
 

Tiempo después se supo que cuadrillas de trabajadores de la CFE andaban ya trabajando en otros pueblos, como Santa Cruz.  En San Miguel llegaron varios meses antes, instalando postes y tendiendo los cables. A la gente le gustaba quedarse a ver con qué facilidad perforaban los hoyos y paraban los postes, para después treparse y armar la estructura metálica.

 
Algunos de los trabajadores que llegaron en esas cuadrillas se llevaron muchachas del pueblo.  Uno de ellos fue Tomás, a quien le decían “Judas”, con la salvedad de que finalmente él se quedó a vivir en San Miguel. Creo que otra muchacha que se fue en ese tiempo con un electricista fue Adelita, la hija de Don Toño y de Doña Lupe.
 

Mi tío Enrique Vizcarra andaba entre la gente que promovió la introducción del servicio. Creo que no se metía mucho en asuntos de política, pero en esa ocasión si estuvo muy interesado. Si no recuerdo mal, en ese tiempo el Delegado Municipal era Basilio Valdivia.
 

Un día llegaron unos señores de la Comisión Federal de Electricidad preguntando por mi tío y a mi me tocó guiarlos a su casa. Me quedé un ratito a escuchar lo que platicaban y los señores le dijeron que querían planear la fecha de puesta en operación del servicio.  No recuerdo si hubo algún acto especial para esto; trataré de preguntar, porque lo más probable es que si lo haya habido, pues el acontecimiento lo merecía. El caso es que un día nos encontramos con que ya teníamos electricidad.

 
Me acuerdo que en la casa mi papá instaló el cableado él mismo, poco a poco, con mucho sacrificio, porque conseguía pedazos de cable y los pegaba; en algunas partes creo que el calibre de los cables era menor a lo que se pedía; supongo que alguien después tuvo que revisar que la instalación estuviera en condiciones de operar, pero finalmente estuvimos listos para recibir esta maravilla de servicio.

 
Por un buen tiempo, el contar con alumbrado público, pese a que eran unos focos de muy reducida intensidad, propició que la gente saliera más a las calles. Ahora era posible que los muchachos pudiéramos jugar a “los encantados” con la tranquilidad de saber mejor en qué terrenos nos metíamos; también los papás dejaban salir con más confianza a las mujercitas a la calle. Recuerdo que recién inaugurado el servicio un grupo de primos y amigos nos dedicamos a recorrer el pueblo, visitando un barrio diferente cada noche; también se daban partidos de futbol en las calles.  Desafortunadamente, esta mayor vida social se fue reduciendo con el tiempo, en la medida en que se empezaron a comprar televisiones en las casas, aunque esta ya es otra historia.

La entrada del agua potable


Escrito originalmente el Domingo 29 de febrero de 2004




Creo que fue como en 1963 o 1964 cuando se metió por primera vez la tubería de agua potable en el pueblo. En parte lo recuerdo porque fue un poco tiempo antes de la entrada de la electricidad. En ese tiempo estaba de gobernador Juan Gil Preciado, de quien mi papá comentaba que tenía alguna relación con unos parientes con quienes llegamos a vivir en Guadalajara. Es probable que la familia Cortés haya hecho alguna gestión para lograr este servicio. Yo creo que en agradecimiento por este apoyo del gobernador fue que luego se le puso el nombre de Juan Gil Preciado a la calle que va al lado de la carretera.

Recuerdo un domingo en el que mucha gente se reunió en El Tanque para inaugurar la obra que consistió en un depósito para almacenar el agua, justo arriba del cuerpo de agua de El Tanque. Luego había también un depósito un poco más abajo, por la calle que sale a la parada de autobuses, frente a la huerta que después compró el portero de las Chivas del Guadalajara: Gilberto “El Coco” Rodríguez.  Mi papá llegó ese día comentando como había estado el evento. Dijo que algún ingeniero había mencionado que el manantial de agua de donde se surtía el sistema de agua potable era prácticamente inagotable. Tengo idea de que fue en esa ocasión en la que al gobernador se le ofreció una comida en una de las huertas del barrio alto.  Convendría averiguarlo, porque no creo que hayamos tenido en otra ocasión la visita de un gobernador que se haya quedado a comer.

El sistema consistía en la instalación de una llave de agua en las principales esquinas del pueblo. De ahí la gente tenía que ir a llenar los cántaros y baldes para los diferentes usos. Visto a la distancia, ahora recuerdo como todo mundo acostumbraba tomar agua pegando directamente su boca al tubo de la llave; esto ahora nos parecería seguramente poco higiénico, pero entonces nos parecía de lo más normal.

Como se imaginarán, la introducción de este servicio fue visto como una señal indiscutible de que el pueblo estaba progresando. El agua de este sistema era bastante deliciosa; la gente se sentía orgullosa y se creía que este líquido era de mejor calidad que el que se tenía en otras localidades cercanas. Recuerdo que en más de un intento hecho por mi papá para escribir un corrido para el pueblo, incluía la mención del agua tan especial que teníamos.

Luego se vino el tiempo en que la gente tuvo mangueras en su casa. Ahí empezó el problema, pues varias señoras querían estar colgadas de la llave por largas horas, mientras se terminaba de lavar. Creo que nunca se pusieron bien de acuerdo y constantemente había pleitos; por años persistió una situación difícil, hasta que se introdujo la red casa por casa.

No recuerdo la fecha en que se introdujo la red en las casas, pero pienso que debió haber sido a principios de los 70s. La gente tuvo ya oportunidad de poner baños de regaderas y tasas para el baño en sus casas y llaves de agua instaladas directamente en las tinas de sus lavaderos y fregaderos. Para que esto fuera posible, fue necesario perforar un pozo artesiano camino a El Campo, a un lado de donde ahora está la escuela primaria.

Pese a este avance, la gente sintió que la calidad del agua nunca fue igual a la que se tuvo con el primer sistema; de ahí que todavía no hace mucho había quienes iban al depósito que está debajo de El Tanque y llenaban recipientes para tomar; dejando el agua del resto del sistema para las otras necesidades.


sábado, 21 de junio de 2014

La escuela primaria donde yo estudié

 (Escrito originalmente en agosto del 2008)



Foto de Araceli Martínez Cuevas

La escuela primaria a la que nosotros asistimos es la que está junto al templo y frente al zalate. Desde entonces se llamaba Escuela Rural Federal “Revolución Agraria”, nombre que me parecía muy largo, pero me gustaba. Sería interesante saber desde cuando funcionó la escuela en esas instalaciones y desde cuando se le asignó ese nombre.

Las primeras veces que yo entré a la escuela fue por algún asunto de mis hermanas, que ya estaban estudiando ahí. Una de las primeras imágenes que tengo –a lo mejor no muy agradable- involucra a mi tío Pablo, con la enorme regla que cargaba siempre y con la cual, además de ayudarse en el trazo de líneas en el pizarrón, repartía castigos y correctivos.

La visión de cómo debe impartirse la educación ha cambiado bastante con el paso de los años, pero en aquel tiempo la mayor parte de la gente no veía mal que el profesor les diera algún castigo físico a las muchachas y los muchachos, sobre todo si se lo merecían. Recuerdo haber escuchado en varias ocasiones a algunos papás que les decían a los profesores que les encargaban mucho la educación de sus hijos y que cuando fuera necesario no dudaran en darles sus “varazos”. Una vez ví también a un papá que muy orgulloso, llegó a buscar a mi tío Pablo llevándole una enorme vara de membrillo, las cuales tenían fama de causar bastante dolor.

Otras imágenes que tengo de correctivos puestos por los maestros se relacionan con alguien hincado en una esquina y con un ladrillo en cada mano. También a una profesora peinando con una escobeta a una niña que seguramente llegó a clases varios días mal peinada. Afortunadamente nosotros no teníamos problemas en ese sentido, pues mi mamá se aseguraba de que saliéramos siempre bien peinados y con el pelo fijado con agua de “nejayote” o con jugo de limón.

En el tiempo en que yo estudié estaban como profesores los maestros Santiago Ramos, de San José, que me dio clases un tiempo, creo que en primero; las maestras Chayo y María Luisa, que venían de Atequiza; así como mis tíos Angelina Cortés, María Rojas, Pablo Cortés y María Nuño.  Cuando llegué a quinto llegó otro profesor de nombre José Luis y en sexto me tocó otro profesor recién llegado, el Mtro. Ismael García Ramírez.

La Escuela tenía dos salones bastante grandes y de bóveda a la entrada, uno a cada lado del pasillo. En esos salones les daban clases principalmente a los de quinto y sexto, aunque cuando yo llegué a sexto me tocó en un salón cubierto de tejas, casi llegando a los baños. Los demás salones estaban a lo largo de un gran tejaban que salía desde las paredes del templo y le daban la vuelta a un patio que en aquel tiempo me parecía muy grande, pero seguramente no lo era.  Los baños estaban en una esquina, al fondo a la izquierda y lo que recuerdo de ellos explica porque a veces preferíamos brincarnos las cercas de los corrales.

El patio era de tierra y en el centro, pegado a una pared del templo, había un pequeño jardín, donde recuerdo que había un vástago. Pero finalmente la mayor parte de los niños nos salíamos a la calle cuando llegaba la hora del recreo, jugando en toda la cuadra que va desde la plaza hasta el templo, trepándonos al foro o a las raíces del zalate. Muchos niños acostumbraban irse a sus casas, que no estaban lejos y ahí aprovechaban para comer algo. Afortunadamente en ese tiempo circulaban pocos vehículos, pero de todos modos los profesores estaban al pendiente de que no fuera a haber algún accidente.

En los primeros años en que estuve en la escuela estaba como presidente de la república Adolfo López Mateos, quien promovió los desayunos escolares y éstos llegaron hasta nuestro pueblo. Todos los días, mi tío Federico Flores, esposo de mi tía María Nuño, llegaba con una enorme cántara en la que preparaba un espeso chocomilk, el cual se acompañaba con un crujiente bolillo. Ahora pienso que era demasiada azúcar y harina, pero me imagino que se trataba de que a los niños no nos faltaran energías para aprender.

En mis tiempos, el aseo de la escuela dependía de todos. Al terminar las clases diarias, entraban en acción los que tenían la comisión de hacer el aseo esa semana, levantando las bancas para dar una barrida y trapeada rápida. Era común que uno llegara a la casa un poco más tarde diciendo: “es que me tocó el aseo”, lo que en ocasiones era nada más pretexto.

También había que hacer el aseo en las áreas generales, como el frente de la escuela, el patio, el pasillo y los baños. Esto era más complicado, por lo que igualmente se nombraban roles para el aseo. En este caso había que levantarse muy temprano y pasar a las casas a hablarles a otros compañeros, para trabajar con rapidez y lograr que cuando todos llegaran ese día a clases ya todo estuviera bien barrido y trapeado y oliendo a creolina. Como en ese tiempo no había muchos relojes en las casas, ni siquiera radios, me tocó en más de una ocasión que alguno de mis compañeros llegara a hablarme a la casa tan temprano, que terminábamos de hacer el aseo antes de que saliera el sol. Y eso que los varoncitos éramos bastante torpes en eso de barrer y trapear, por lo que a mí me daba mucho gusto cuando también le tocaba ayudar a alguna compañera.

Así que la escuela regularmente estaba bien limpia y presentable. Cada determinado tiempo se le pedía apoyo a los de la PRISA, los fabricantes de pintura que iban a recoger el gis que se fabricaba con mi tío Beto, quienes muy solidariamente le daban una pintada al menos a la fachada. El foro se pintaba con agua de cal, revuelta con babas de nopal, tarea en la que todos participábamos. Tampoco se batallaba por gises, pues solamente había que ir a la casa de mi tío Beto, quien regalaba los que se rompían, que eran muchos.  Los pizarrones eran de cemento y se pintaban de vez en cuando con tinta,

Cuando salí de sexto año, creo que en 1966, y fui invitado a visitar México y al presidente de la república,  que ya para entonces era Gustavo Díaz Ordaz, mi tía María Nuño me dio una carta con la encomienda de entregársela al Presidente; en esa carta se le explicaba que la escuela primaria ya era insuficiente y se le pedía apoyo para que se construyera una nueva. Durante todo el viaje estuve tremendamente preocupado y nervioso pensando en cómo le iba a hacer cuando tuviera enfrente al Sr. Presidente para entregarle la carta. La verdad es que en su  momento supe que prácticamente todos los niños que iban de Jalisco y los otros estados llevaban una carta con una petición.

No puedo asegurar que la carta que entregué en México haya tenido algo que ver, pero unos dos años después se empezó a construir la escuela que funciona ahora, en terrenos que antes fueron de un campo de béisbol. No recuerdo la fecha en que dejó de funcionar la escuela en la que yo estudié la primaria, pero pienso que debió haber sido hacia 1970. Tiempo después fue remodelada para que funcionara como escuela de artes y oficios.


En esos tiempos la escuela era el centro de la vida de mi pueblo. Los profesores no solamente enseñaban a los niños, sino que se constituían en guías y líderes en todos los aspectos. Estaban al pendiente del calendario cívico e involucraban a todo el pueblo en las celebraciones de los días de fiesta, ya fuera con desfiles, festivales u otro tipo de actividades. Frente a la escuela se instalaban las casillas los días de las votaciones; ahí también llegaban brigadas de vacunación, era el punto de reunión de los ejidatarios o de otros asuntos importantes para mi pueblo. No sé en qué momento esto se fue perdiendo, supongo que en algo influyó que la escuela se haya mudado a un lugar más a la orilla, pero más bien creo que esta situación se dio en todo el país.

lunes, 2 de junio de 2014




Escrito originalmente el domingo 12 de Agosto de 2007


Ya en otra parte de mis apuntes he mencionado que en San Miguel la gente se apoyaba mucho para hablar en frases hechas. Muchas de estas frases eran refranes y en algunos casos algo que podría llamarse dichos populares.

Pero estos refranes y dichos populares no solamente le daban a la gente los elementos con los que construía su discurso, sino que eran reflejo de una forma de ver la vida y un conjunto de creencias compartidas.

Algunas de estas frases constituían juegos de palabras que a mí me costaba trabajo entender; se me ocurre que había otras personas que tampoco entendían bien el significado de cada palabra, pero compartían un mismo valor o significado general a la frase, que era lo más importante. Esto pasa por ejemplo con el refrán aquel de que “El que porfía mata venado”, yo por mucho tiempo no supe lo que significaba la palabra “porfía”, pero entendía que era algo equivalente a actuar con terquedad para conseguir algo; igualmente, la primera vez que escuché el refrán de “Camarón que se duerme se lo lleva la corriente”, yo no lo entendí muy bien, porque solamente había visto los dibujos de los camarones en las cartas de lotería y siempre había pensado que se cosechaban en el mar, en donde no hay corrientes.

Cuando la gente platicaba y llegaba a algún punto de desacuerdo, la mención de algún dicho o refrán era un argumento de peso, contra el cual era muy difícil rebatir.  Eso lo observé en muchas ocasiones en las discusiones entre mi papá y mi mamá. Nadie sabía de dónde venían esas expresiones, pero a nadie parecía preocuparle y eran tomadas como principios universales que más valía tomar en cuenta. Por supuesto que estos refranes también eran muy útiles para darles consejos a los hijos.

Seguramente todos los días la gente tomaba decisiones importantes de su vida con base en lo que aconsejaban estos refranes y dichos. Conozco muchos de ellos, pero trataré de anotar aquellos que recuerdo que se mencionaban más en la casa o en el pueblo.


“A caballo regalado no se le ven los dientes”

“A Dios rogando y con el mazo dando”

“A donde fuereis, haz lo que viereis”

“Agua que no has de beber, déjala correr”

“Al buen entendedor pocas palabras”

“Al que madruga Dios lo ayuda”

“Cría cuervos y te sacarán los ojos”

“De limpios y de tragones están llenos los panteones”

“Dime con quién andas y te diré quién eres”, o su variante: “El que con coyotes anda, a aullar se enseña”.

“De granito en granito llena la gallina el buche”.

“De la familia y del sol, entre más lejos mejor”

“De tal palo, tal astilla”

“Del plato a la boca a veces se cae la sopa”

“El pez por su boca muere”

“El que a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija”

“El que mucho abarca, poco aprieta”

“El que nace pa´tamal, del cielo le caen las hojas”

“El que por su gusto es buey, hasta la coyunda lambe”. Obviamente lo correcto es decir “lame”, pero en el pueblo el verbo que usábamos era “lamber”.

“El que nace pa´maceta no pasa del corredor”

“El que por otro pide, por sí mismo aboga”

“El que se fue a la Villa, perdió su silla”

“En casa del herrero, azadón de palo”

“La cabra siempre tira al monte”

“Más vale pájaro en mano que ver un ciento volar”.

“Más vale paso que dure y no trote que canse”

“Más vale que digan aquí corrió, que aquí quedó”

“Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”

“No hagas cosas buenas que parezcan malas”. Que a veces se complementaba con la contraparte “ni cosas malas que parezcan buenas”.

“No hay mal que por bien no venga”

“No se puede repicar y andar en la procesión”

“No se puede chiflar y comer pinole”

“No tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre”

“Ojos que no ven, corazón que no siente”

“Piensa mal y acertarás”

“Tanto va el cántaro al agua, hasta que se queda adentro”


La gente no se daba cuenta, o tal vez pretendía no hacerlo, pero había algunos refranes que contradecían lo planteado por otros; esto se resolvía simplemente apelando a aquel refrán que mejor se acomodaba a lo que uno quería. Por ejemplo, contra lo establecido por el ya mencionado de “Al que madruga Dios lo ayuda”, está otro que dice que “no por mucho madrugar amanece más temprano”.

Los refranes y dichos también reflejaban la forma de ser abnegada y resignada de la gente de mi pueblo, a la que ya me he referido.  Así que era frecuente que ante situaciones adversas la gente dijera simplemente “No hay mal que por bien no venga” o “Dios aprieta, pero no ahorca”.

No sé si alcancen la categoría de refranes o simplemente dichos, pero otras frases que se usaban bastante en mi pueblo:

“Cuando no hay lomo, de todo como”

“Dios los cría y ellos se juntan”

“El comal le dijo a la olla…”

“El miedo no anda en burro”

“El que da y quita, con el diablo se desquita”

“El que tenga tienda, que la atienda”

“El sordo no oye, pero compone”

“Es igual “atrás”, que “en ancas”

“Esto es mole de oreja, el que quiere, bueno, y el que no, lo deja”

“Hay veces que nada el pato y hay veces que ni agua bebe”

“Juntos pero no revueltos”

“La burra no era arisca, la hicieron”

“La cáscara guarda al palo”

“Más seguro, más marrao”

“Panza llena, corazón contento”

“Pistola, caballo y mujer, tener bueno o no tener”

 “Salud, dinero y amor”


Una categoría aparte vendrían siendo las frases que la gente decía simplemente para expresar un estado de ánimo, pero que finalmente se usaban en forma cotidiana y difícilmente podría entender su significado una persona que no estuviera familiarizada. Algunos ejemplos:

“!A lo que te truje, Chencha!”

“A ver de cual cuero salen más correas”

“¡Hasta que llovió en Sayula!”

“¡Hijos de María Morales!”

“Hablando del Rey de Roma… y el que se asoma”

“Házte que la virgen te habla”

“No la chifles, que es cantada”

“No te arrugues cuero viejo, que te quiero pa´tambor”

“Ni máiz paloma”

“Viejos son los cerros y todavía reverdecen”

“¡Y ora es cuando chile verde, hay que dar sabor al caldo!”

“¡Y no te arrugues cuero viejo, que te quiero pa´tambor!”

“¡Ya estarás, jabón de olor, ni que perfumaras tanto”


Recuerdo que cuando ya más grande empezábamos a salir del pueblo una cosa que nos llamaba la atención era que en otros pueblos se utilizaran algunas frases muy comunes de nuestra habla, frases que pensábamos que eran propias de nuestro pueblo. Por ejemplo: “Hazte como dijo El Indio”. Que en realidad significaba “Hazte pendejo”, una frase muy comúnmente utilizada por Tomás Rodríguez, a quien le decíamos “El Indio”. 


Yo cada vez veo menos uso de refranes y dichos populares, pero no estoy seguro si esto se debe a que en las últimas tres décadas he vivido fuera de San Miguel. Tal vez ahí en el pueblo estas frases sigan utilizándose todos los días y marquen rumbos y ritmos en las vidas de sus habitantes.

viernes, 23 de mayo de 2014

El cerro de San Miguel

Escrito originalmente el 5 de abril del 2008.





El cerro de San Miguel está muy ligado a la esencia y la historia del pueblo y estoy seguro que esto se daba con más fuerza cuando éramos niños.

El pueblo está al pie del cerro, prácticamente sólo lo separa la carretera, porque en cuanto se pasa ésta se nota que se empieza a caminar cuesta arriba. De hecho, no hay que caminar mucho después de la carretera para tener una perspectiva que permite ver una extensa planicie, en su mayoría de tierra de cultivo, que se extiende a la base de otro cerro, tal vez unos 10 kms. al norte, un cerro bastante más pequeño que el de San Miguel. La perspectiva suele ser muy verde en el tiempo de lluvias y color oro en el tiempo de secas, aunque a veces se ven lunares de color verde aún en el estiaje, por los cultivos de riego intercalados.

A mi me gustaba en ocasiones que iba a El Tanque, invertir unos diez minutos en caminar sobre la loma, hacia un sitio que le llaman la Piedra Grande. El nombre viene de que ahí efectivamente existe una enorme roca sobre la cual se puede uno trepar y desde ahí contemplar un hermoso panorama, no sólo del pueblo y sus tierras, sino incluso de poblados aledaños, como La Constancia, San José, Atzcatlán, San Sebastián y otros (en ese tiempo no existía el Infonavit El Romereño).

Ahora pareciera producto de la imaginación, pero en la época en que fuimos niños era todavía común que se vieran venados en el cerro, puercos espines, armadillos, tejones, zorrillos, coyotes, faisanes y otras especies que ahora supongo que estarán a punto de desaparecer. Venían gentes de otras partes a la cacería, algunos pasaban la noche en la punta del cerro por donde hay un pequeño venero, pues era común que algunos animales se acercaran por la noche a tomar agua.

Recuerdo que cuando a uno se le hacía tarde en el cerro y empezaba a obscurecer, se escuchaban los aullidos de los coyotes, cada vez más cerca, pues por la noche esos animales se acercaban a la orilla del pueblo, buscando una oportunidad para robarse una gallina de alguna casa.

Buena cantidad de gente obtenía al menos parte de su sustento del cerro: los que sembraban maíz y frijol de temporal; los que pastoreaban chivas, los que cortaban leña y luego la vendían; los que tenían huertas, los que sacaban y vendían camotes, entre otros. Parecen muy lejanos los días en que algunas gentes subían hasta zonas muy altas del cerro y cortaban plantas de popote, para elaborar escobas y venderlas; que de hecho, eran magníficas escobas. Había gente que incluso se metía a la cueva de El Zinacate y sacaba costales de un apestosísimo guano, para usarlo como abono.

Prácticamente cualquiera que se saliera a caminar por el cerro en aquel tiempo, espero que siga siendo igual, podía encontrar cosas para comer, algunas frutas silvestres como los zapotes y las chirimoyas, guamuchiles, mezquites, tunas; también había la oportunidad de pasar por una huerta y comer guayabas, mangos, granadas y otras frutas. Algunas veces que yo iba a la leña al cerro aprovechaba y cortaba unas dos docenas de nopales muy tiernos, los ensartaba en una vara y así llegaba con ellos a la casa.

El cerro incluso ayudaba a conformar el carácter y a educar a los niños, sobre todo a los varones, pues recuerdo que era bien visto que los niños aprendieran desde chicos a caminar, sin perderse, en el cerro. Este era un tema de discusión frecuente con mi primo Memo, quien estaba seguro que uno podía ser considerado más o menos hombre, en la relación al número de veces que había subido al cerro, sobre todo sin ninguna compañía.

A mí siempre me ha parecido digno de admirarse nuestro cerro. Es posible verlo desde cualquier bocacalle del pueblo, grande, imponente y en primavera y verano muy verde, salvo en los casos en que sufrió algún incendio en el tiempo de secas, pues de suceder esto por un tiempo se combinara el verde con algunos puntos negros.

Una de las mayores satisfacciones que me brindó el cerro la tuve siendo todavía un niño: yo quería saber lo que se sentía estar por arriba de las nubes. Es difícil explicarlo, pero como que eso significaba para mí que yo ocupaba un lugar sobresaliente o tal vez una mayor cercanía con Dios y con su obra. Las posibilidades de subirse a un avión en ese tiempo eran muy remotas, así que un día observé que en cierta época del año hay nubes demasiado bajas y, me parece que un domingo,  emprendí la escalada del cerro con el único propósito de llegar a un punto en el que al voltear hacia abajo, viera algunas nubes. En realidad no tuve que subir mucho, yo creo que solamente a la mitad de la loma que lleva a la cima, pero el espectáculo me pareció fabuloso.

Algo parecido me sucedió después, cuando pude conocer “la punta del cerro”. La gente habla de que en realidad son dos cerros, que se comunican. Yo pienso que lo que sucede es que arriba hay una especie de hondonada que comunica dos puntos más elevados. Me pareció muy hermoso el paisaje conformado por encinales y pinares, y una superficie con pocas plantas, debido a que las hojas caídas de los árboles van cubriendo el suelo. Me gustó también mucho que, sorprendentemente, existe, o existía ahí, a esas alturas, un pequeño manantial ofreciendo una de las aguas más ricas que he probado. Pero especialmente me fascinó el espectáculo que puede verse caminando un poco más hacia el otro lado del cerro: es una vista espectacular de la laguna de Chapala, de sus islas, de algunas poblaciones ribereñas e incluso de la orilla opuesta.

Algo que llamaba la atención cuando uno subía un poco por las lomas, era que se escuchaban mejor los sonidos que se producían en el pueblo; por ejemplo la música y los anuncios de los tocadiscos. Por cierto que en los días de fiesta, el tronido de los cohetes provocaba resonancias por las barrancas del cerro, que le agregaban un toque que me parecía bastante impresionante.

El cerro también aportaba material para historias de misterio. Se sabía de lugares encantados, cuevas que se desaparecían; cuevas donde en épocas de la Revolución Mexicana o la Guerra Cristera se habían guardado tesoros que aún permanecían ahí, como se decía de la cueva del Zinacate.  De la Cueva del Mariano se contaba que existía un tesoro tan enorme que era imposible sacarlo en un solo viaje. La historia decía que las personas que por suerte localizaban la cueva, se verían en medio de enormes cofres de oro y otros tesoros, algunos llenarían las alforjas de bestias de carga y tratarían de salir, pero al estar cerca de la salida escucharían una voz estentórea y atemorizante que les diría: “Todo o nada”. Por supuesto que cualquier mortal al escuchar semejante voz saldría corriendo de la cueva y olvidándose de todo. Pero se contaba de alguien que quiso “engañar” al espíritu que cuida la cueva y se guardó parte del tesoro. Al tratar de salir de nuevo escuchó otra vez el “todo o nada” y supo que no podría burlar al guardián de la cueva.

Mi papá platicaba con frecuencia con un señor del pueblo que al parecer había dedicado buena parte de su vida a buscar esa cueva y ese tesoro, de hecho le decían Don Marcial “la mina”. Yo nunca supe si hablaban en serio o en broma, pero el señor siempre decía que tenía mucha confianza en que iba a encontrar pronto la famosa cueva y tratar de recuperar el tesoro.

En la medida en que fuimos avanzando en nuestra educación, estas historias nos fueron pareciendo más irreales. A mí me sucedió que en algún lugar leí, con gran decepción, que esa leyenda no era exclusiva de nuestro pueblo. En otros pueblos existía también una cueva con un tesoro y la ley del “todo o nada”.


Algo curioso es que mucha gente sabía con cierta precisión en dónde se encontraba esa Cueva del Mariano, pero también decían que no siempre era posible hallarla abierta o de alguna manera se ocultaba. Había la creencia de que un día propicio para buscar ese y otros tesoros era el Jueves Santo, pero esto yo creo que da material para platicar con más detalle el tema de los tesoros en el pueblo.